El meticuloso Sr. Durand (y la lucha contra el tiempo)

Las seis en punto de la mañana. Sonó el despertador, pero el meticuloso Sr. Durand ya estaba despierto esperando que se haga la hora de partir. A las siete lo esperaba un tren. Era un simple viaje, pero no había cosas simples para él.

Aún no salía el sol pero la hora de partida estaba en su viejo reloj. Tomó sus cosas y esperó en la puerta unos segundos hasta que las agujas marcaron el momento oportuno para salir de su casa. Sabía a qué hora saldría el tren, a qué hora llegaría a su destino y a qué hora tal vez lo reciban si es que todo salía como lo había planeado hacía ya varios días, si es que no surgía ningún problema. Pero ahora sólo debía transcurrir el tiempo.

Mientras caminaba a cierto compás, no dejaba de controlar la hora calculando su marcha, ya que para él tampoco era bueno llegar muy temprano. En unas pocas cuadras observó varias veces su reloj, necesitaba saber con qué velocidad estaba pasando el tiempo ese día.

Tal vez media hora más de viaje y llegaría justo para el tren de las siete. Nunca se olvidaba de nada, pero en ese momento sintió que le faltaba algo. Entonces, cuando la duda no le permitió seguir, frenó y revisó su maletín. Todo estaba en orden. Pensó un tiempo más y al no encontrar respuesta alguna simplemente continuó caminando, pero con esa amarga sensación cargada.

Trató de distraerse de alguna manera contando las cuadras que le faltaban. Otras veces hasta había logrado calcular cuantos pasos le faltaban contando los pasos que le tomaba terminar una cuadra, pero esta vez no podía. Realmente estaba intranquilo. Entonces miró su reloj por última vez y para su sorpresa lo encontró detenido a las seis y cuarto. Lo sacudió para hacerlo funcionar otra vez pero al instante le pareció inútil porque ya no daría la hora real. La angustia aligeró su corazón. No se trataba de perder un reloj si no de perder la noción del tiempo que era aún peor.

Comenzó a preguntarse si sería tarde. El sol lentamente asomaba sus primeros rayos, pero no había nadie en la calle como para preguntar la hora, sólo Durand caminando velozmente, prácticamente corriendo.

De pronto a lo lejos le pareció ver la figura de un hombre, aunque tenía que desviarse unos 50 metros de su camino prefirió arriesgarse. Se acercó cautelosamente, no sea cosa que se asuste o que aquel hombre pensara que él estaba asustado. Se trataba de un canillita y cuando estuvo relativamente cerca le pidió la hora pero éste muy amablemente le contestó que no tenía. Casi sin querer al Sr. Durand se le escapó una queja – ¡¿Alguien sin reloj, qué está pasando?!-. El diariero se quedó extrañado observándolo cómo se alejaba vociferando mientras retomaba su camino.

Durand pensó que definitivamente era tarde entonces no le quedó otra alternativa que tomar un atajo para llegar a tiempo a la estación. Un camino estrecho y oscuro, una calle de tierra tapada por árboles. Aún no era de día por completo y aunque él conocía ese atajo nunca se había animado a transitarlo a esas horas. Pero eso no le preocupaba tanto como llegar tarde. Cuando vio la estación comenzó a correr, no iba a permitir a ninguna costa que sus planes se cayeran.

Antes de entrar miró el reloj de la estación pero no lo tuvo en cuenta ya que la moyoría de las veces estaba atrazado. Formó la fila impaciente para sacar el boleto. Por suerte eran pocos, y cuando llegó su turno antes de pedir cualquier cosa le preguntó al empleado si el tren ya había salido. La respuesta fue como un baldazo de agua fría, el tren nunca había llegado.

Para Durand eso significaba una falla enorme. Trató de convencerse que él no tuvo la culpa pero no pudo porque aunque el tren no había venido él había llegado tarde a la estación. No podía quedarse ahí lamentándose, atrás había gente esperando, gente que sí llegaría temprano. Sacó el boleto y resignado abandonó la boletería con sus planes hechos trizas, sin tren, sin reloj, sin noción del tiempo.

Subió sin ningún apuro al primer vagón, tenía tiempo de sobra. Casi todos los asientos aún estaban libres. Se sentó en frente de un hombre que leía el diario, y Durand se maravilló de ver en su muñeca un reloj, tanto que no vaciló en preguntar:

-Por fin alguien con reloj, pensé que todos estábamos locos. ¿Podría decirme la hora, caballero?

-Si ¿cómo no? Son las siete menos veinte.

-¡¿Las siete!?!

-Si ¿a usted le parece? El tren de las seis y media tuvo una demora, y tuve que tomar el de las siete. Cómo se nota que a ellos no les importa si uno llega tarde.

-Sí, sí, seguro… debe ser muy feo perder el tren.

 

 

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El meticuloso Sr. Durand (y la lucha contra el tiempo) por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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