El Hombre-que-sonríe

Una vez resultó que un extraño ser salió a la vida, o tal vez entró en ella. El tema es que este ser se encontró en el camino, y al ver la llanura lejana se aventuró hacia ella. Pero antes de largarse a andar tuvo una recomendación de quién con una sonrisa le explicó:

–Si lo que quiere es la vida, la vida se encuentra atravesando la llanura. Que tenga suerte en su andar.

Entonces si la vida se encontraba en aquél lugar no quedaba más que avanzar. Esa inmensa felicidad del que sabe lo que quiere lo invadió se sintió en ese momento el dueño del mundo de la vida y del camino.

–Ah! ¡Que hermoso será vivir!

Pero al avanzar sobre la llanura no veía más que llanura. Comenzaba a lastimarle el camino, comenzaba a dudar. Entonces, cuando aún sus esperanzas estaban intactas, distinguió en la lejanía, lo que sería tal vez un muro. Y cuando más cerca, también divisó un portal. Fue cuando recuperó las fuerzas y se dirigió hacia la puerta para conocer, al fin, la vida.

Se acercó al trote inundado su corazón de alegría y aquél hombre que lo había despedido aquella vez lo estaba esperando en la puerta, y con la misma sonrisa en el rostro le dio la bienvenida:

–¡Lo felicito señor! Lo estábamos esperando ¿cómo le ha ido en su viaje?

–No muy bien, pero aquí estoy. Todo esfuerzo tiene su fruto ¿Puedo pasar?

El hombre sonriente dejó de sonreír lo miró extrañado al extraño ser a quien se le congeló el alma con tal mirada.

–¿Pasar a dónde?

–Pasar a la vida, ¿dónde más?

El hombre sonriente, sonrió, pero esta vez sarcásticamente:

–Y… ¿usted piensa que va a entrar a la vida atravesando una puerta? Venga, mire –la puerta se abrió y detrás había un paisaje aterrador– ¿No le pareció un poco fácil llegar hasta acá? Todavía le queda mucho camino por recorrer.

El ser perdió el control; Gritó, lloró, se quejó, pero la sonrisa del Hombre-que-sonríe parecía inquebrantable. Su mueca se le coló hasta las entrañas. Ante tal indignación sólo encontró como respuestas la amable y sarcástica boca torcida del Hombre-que-sonríe sumado a sus dos manos que lo invitaban al ser a seguir el camino. El ser miró atrás, y luego miró hacia delante pasando por alto con su mirada al Hombre-que-sonríe. Miró hacia el suelo, pensó aturdidamente y finalmente siguió su camino.

El ser sintió que no le quedaba más, sólo un camino y lo único que se podía hacer sobre él: caminar. Se sintió desdichado, sumamente defraudado. El peso de su gran ilusión se le había venido encima, y adelante el paisaje no le pareció para nada favorable. Realmente se sintió mal.

A pesar de todo tenía una convicción que lo sostenía y le permitía y atravesar etapas, puertas y paisajes era la cuestión de la vida; para algo estaba vivo, para algo había salido a la vida. Tal vez no la encontraría nunca o seguiría abriendo puertas, pensando que la próxima, tal vez fuera la última, aunque siempre detrás de cada una había otra; tal vez no encontrara jamás la vida, pero había llegado a la conclusión que era mejor arriesgarse. Si la muerte lo sorprendía era preferible que lo halle buscando la vida.

Sin embargo esto sólo no explica el por qué de su persistencia en el camino, había algo más y era lo que sucedía en el camino. De hecho si el camino no hubiera sido entretenido a lo mejor nunca se hubiera aventurado. Llegó a sentirse un especialista del camino en atravesar valles y montes, selvas y desiertos. Y sentía que era bueno en superar etapas y desafíos, realmente lo disfrutaba.

Pero resultó que un día el extraño ser cuando ya no esperaba nada, al llegar a una nueva puerta el Hombre-que-sonríe le volvió a sonreír (él le devolvió la sonrisa como ya acostumbraba cada vez que lo veía) y le dijo, para sorpresa del ser:

–Bienvenido al final del camino, señor. Lo felicito por haber llegado hasta este lugar.

El extraño ser, viejo y cansado, no entendía totalmente lo que le decía. Abrió grande sus ojos, y extrañado preguntó:

–¿Entonces ya no hay más camino?

–No para usted ¡Lo felicito!

El ser lloró, se alegró tanto como en aquellos días en que apenas salía a buscar la vida. Se sintió libre de aquella pesada carga que llevaba, y sonriente le preguntó al que sonríe:

–¿Entonces esta es la última puerta? ¿Detrás de esa puerta se encuentra la vida?

El Hombre-que-sonríe dejó de sonreír, e inevitablemente al ser se le volvió a congelar el alma, pensó que se burlaban de él, que todo el tiempo se la habían pasado tomándole el pelo. Todo el peso se le había vuelto sólo por ver la expresión del rostro sin sonrisa del Hombre-que-sonríe, pero multiplicado cien veces.

–Señor, no entiendo su comportamiento ¿Usted piensa que detrás de esta puerta se encuentra la vida? No es así. Como acabo de decirle este es el final del camino ¿Cómo es que usted está buscando la vida, no la ha hallado aun? –Volvió a sonreír, pero no era la sonrisa amable que el extraño ser esperaba.

Acostumbrado a estar desahuciado, resignado, el extraño ser le preguntó, como quien acepta la derrota:

–Dígame la verdad ¿dónde estaba la vida?

El Hombre-que-sonríe torció la boca, lo miró desde arriba y le dijo:

–Señor, usted acaba de vivir su vida; espero que realmente la haya disfrutado-.

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Licencia Creative Commons
El Hombre-que-sonríe por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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