Tótem

(Isaías 2:18 “Y los ídolos desaparecerán por completo”).

Viajaba sin apuros sobre una ruta angosta y solitaria emplazada en un hermoso paisaje compuesto de cerros que serpenteaban a los lados del camino. La luz del mediodía doraba las puntas de las empinadas lomas y hacía mi viaje mucho más confortable de lo que podría esperar. En unas dos horas estaría en casa según lo que calculaba. El viaje no tenía nada de particular y en realidad no esperaba nada fuera de lo normal mientras avanzaba. Es que algunas cosas son inesperadas, simplemente te sorprenden.

Lo vi por primera vez cuando tomé suavemente una curva pronunciada. No lo distinguía del todo, de hecho mi primera impresión fue que se trataba de una mancha borrosa en mí vista producto de las horas de viaje y el calor. Froté varias veces mis ojos pero la mancha en lugar de irse iba cobrando forma. Se veía como un objeto bastante grande, tal vez una construcción. Pero eso no me pareció fuera de lo normal, pensé que tal vez me detendría para ver de qué se trataba.

Llegué a unos 500 metros de distancia y la situación empezó a preocuparme. La construcción no tenía forma de edificio ni nada que hubiera visto antes en persona. Pensé que podría tratarse de una roca que se habría caído pero no me cerraba del todo, si bien los cerros eran un poco altos ésa roca tenía otra contextura. En realidad lo que me preocupaba más no era el objeto en sí, sino que a medida que me acercaba parecía estar en medio del camino.

Frené totalmente asombrado. No podía creer lo que veía. Me quedé unos minutos en el auto tratando de reflexionar y de encontrar algo de cordura en lo que estaba ocurriendo. Salí del auto y me acerqué con cierto temor a la efigie que tal como lo había sospechado estaba obstruyendo el único camino que tenía para llegar a mi casa.

Me paré a unos veinte metros observando detenidamente los detalles de aquél extraño pedazo de roca labrada. Tenía una altura que se aproximaba a los diez metros y podría definirlo como una especie de tótem o a lo mejor como una de esas estatuas de la Isla de Pascua. Era una figura cuadrada que parecía representar la imagen de un ser humano.

Mientras las preguntas se chocaban en mi cabeza, por momentos me parecía como si el tótem tuviese vida propia tal vez por la impresión que me causaba la calidad de sus detalles. Las proporciones de sus miembros estaban muy mal repartidas: un brazo más grande que el otro, una pierna más larga que la otra y una cabeza enorme, horrible y también desproporcionada.

Tuve que acercarme, con cierto temor, y palpar la efigie para asegurarme que efectivamente era una roca sin vida. Al instante recordé que tenía que llegar a casa y que ese era el único camino entonces dejé al tótem y volví al auto. En realidad no sabía qué hacer pero di la vuelta y comencé a marchar por la ruta en sentido contrario al que traía, buscando con detenimiento si por casualidad habría un camino secundario. Pero no encontraba ningún camino y sabía que no existía aunque tal vez alguien ya se las había ingeniado antes que yo.

Traté de encontrar esa ruta adyacente por casi dos horas, pero no existía, hasta que logré convencerme y bajé la velocidad, no podía seguir regresando. A cada instante peleaba con el pensamiento de que tal vez todo aquello era sólo producto de mi imaginación. Frené el auto por completo, ya que seguir era en vano y otra vez di la vuelta. Tenía la esperanza de que ya no estuviese más la extraña figura, de que efectivamente hubiera producto del cansancio.

Lamentablemente para mí, el tótem seguía en el mismo lugar. Luego de analizar unos minutos la situación dejé el auto y me acerqué a la inmóvil figura. Trataba de no mirarla demasiado ya que su imagen lograba impresionarme lo suficiente como para hacerme ver a otro lado. Casi por inercia intenté empujarla sólo por hacer la prueba pero era inamovible. Luego la pateé, le pegué con un palo, seguí empujando pero ni siquiera se tambaleaba.

Me senté por unos minutos algo aturdido hasta que entré en razón y pensé que tal vez el auto podría servir de ayuda así que me abalancé sobre él. Apoyé suavemente la trompa del vehículo y comencé a acelerar. Era imposible. Las ruedas del automóvil giraban sobre su mismo eje y la gran figura parecía no enterarse siquiera.

Bajé otra vez del auto y me subí a un monte para tener otro panorama. Pude observar que el terreno a los lados del camino había ganado la ruta y que eso estaba trabando al tótem, lo que me hizo pensar que ese era el motivo por el cual no había podido moverlo. Bajé corriendo con una nueva idea. Recordé que en el baúl del auto tenía una soga lo suficientemente fuerte y larga como para atar al tótem y arrastrarlo o aunque sea para hacerlo girar un poco y poder pasar.

Traté de hacerlo lo más rápido posible porque comenzaba a nublarse y el cielo amenazaba una gran tormenta. No fue nada fácil pero al fin conseguí atar la estatua de un modo que quedara bien asegurada. Pensé que después de esa prueba ya no habría más nada que hacer. Puse el auto a andar hasta que la cuerda se tensó y aceleré suavemente. El tótem seguía inmóvil por lo que me vi obligado a ir acelerando cada vez más hasta que la cuerda cedió y se cortó. Pensé en reparar la soga pero era imposible.

Con las primeras gotas de la tormenta, entre los relámpagos de un cielo que parecía haberse cerrado por completo me puse a llorar desesperanzado, quería despertar de aquél extraño sueño, ya no sabía qué más podía hacer. Me refugié en el auto y con una mezcla de impotencia y desconcierto me quedé dormido.

Cuando abrí los ojos otra vez aún era de día, la tormenta había desaparecido por completo sólo quedaban algunas nubes al oriente encendidas por el crepúsculo y cuando enderecé la vista el sabor amargo volvió a mi boca al encontrar al tótem inmóvil en medio de la ruta. Tomé el volante del auto y antes de rendirme por completo y volverme por mi camino, casi sin pensarlo una queja de impotencia me salió de lo profundo del alma, grité: “¡dejame avanzar!”. Luego bajé la vista y mientras ponía en marcha el vehículo para retirarme del lugar escuché un crujido monstruoso. Entonces quedé totalmente paralizado al ver que el tótem se movía, estiró uno de sus brazos, giró sobre sí mismo y comenzó a treparse a un monte. Me invadió un profundo terror. Mientras gritaba descontrolado por lo que veía, el inmenso monstruo de piedra se sentó en la cima del monte tomando la misma postura que tenía abajo y otra vez quedó inmóvil.

Retrocedí unos cincuenta metros y me quedé en esa posición por unas largas horas, esperando algún movimiento de la efigie. Al tiempo tomé coraje y decidí avanzar. Primero me acerqué lentamente, la idea era no llamar mucho la atención y luego pasar a toda velocidad. El miedo era que la bestia se lanzara sobre mí mientras pasaba. No quise analizar mucho las variantes esta vez. Pasé a toda velocidad y recién volví a respirar cuando perdí de vista al tótem en la cima del monte.

La noche ya estaba avanzada y mientras pensaba que pronto estaría en mi casa, miré por última vez hacia atrás para asegurarme que el tótem no me estaba siguiendo. No se veía nada, pero mientras suspiraba de alivio y alzaba la vista al frente de la ruta clavé los frenos nuevamente. Quedé pasmado con lo que veía, no podía creerlo. El tótem estaba otra vez en el medio del camino. Al principio pensé que se trataba de otro pero no, era el mismo aunque su aspecto era más aterrador. Tenía la boca abierta enseñando unos grandes y filosos dientes que imaginé podrían destruir el auto con facilidad. Sus ojos y cejas demostraban una ira diabólica. La imagen de sus manos parecía que me desafiaba a pasar. Noté que a pesar de esta nueva forma, el tótem estaba quieto como en la primera vez.

Le toqué bocina varias veces y le apunté intermitentemente con las luces altas mientras me acercaba muy lento devolviéndole el desafío. El tótem se mantenía inmóvil. Me quedé en el auto pensando qué hacer. El dilema de volver o de seguir me estaba volviendo loco, tenía que tomar una decisión. Bajé del auto y me mostré. Agité mis brazos con fuerza mientras gritaba tratando de llamar su atención. Le arrojé varias piedras esperando alguna reacción pero seguía sin mostrar ninguna señal de vida. Pensé que ya me había vuelto loco. Caí de rodillas desconcertado sin fuerzas ni para llorar. Esta vez sólo levanté la mirada y le dije “dejame pasar”, al instante el tótem cerró la boca y se subió a un monte igual que la última vez.

Volví al auto y seguí mi camino. No encontraba respuestas, aunque en realidad ya no las buscaba, sólo quería llegar a casa de una vez por todas.

Dos horas después de mí encuentro con el tótem, casi llegando al final del camino, ahí estaba otra vez pero su aspecto era mucho más aterrador, de hecho parecía el doble de grande. Pero esta vez ni me bajé del auto y aunque aún me infundía algo de miedo solamente le dije que se haga a un lado de la ruta. Otra vez se subió a un monte y simplemente seguí mi marcha. Entonces por fin supe de qué se trataba. Desde ese día, que entendí que el tótem no tenía ninguna autoridad sobre mi vida, aparece en casi todos los viajes que emprendo, en casi todas las rutas, sólo que cada vez con menos frecuencia.
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Dibujo: Leandro Berguesi

Licencia Creative Commons
Tótem por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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