Fuera de escena

Ahora empiezo a ser nadie otra vez, o en realidad: yo. No oigo más aplausos. El telón está del todo cerrado; las luces, todas encendidas y la gente comienza a desconcentrarse. En sólo cinco minutos me convierto en una persona normal. Diez minutos más, después de saludar a los más cercanos, me encuentro frenando un taxi. La gente todavía está saliendo del teatro. Hace quince minutos yo era la estrella principal, ahora soy yo. El taxista no sabe quién soy ni quién era hace un rato. Me gustaría decirle “Oiga, ¿usted sabe quién soy?” pero no me sale ser así. La gloria es la gloria y como dicen dura un momento.

–¿Hace frío afuera, no? –El chofer toca mi punto débil y yo no puedo conmigo; mientras me acomodo la bufanda le digo:

–No, lo que pasa es que soy cantante.

–¿Cantante?

–Acabo de actuar en el teatro.

El chofer no me responde, ni me mira, como si le hubiese dicho que “vengo de abrir zanjas”. Pasamos cinco minutos sin hablarnos, él tararea y golpetea el volante del auto al son de la radio. Trato de distraerme pero la voz del chofer me trae a la realidad:

–Esto ya es lluvia, eh.

Miro por la ventana empañada, las gotas resbalan lentamente por el vidrio, eso me da frío y me vuelvo a acomodar la bufanda. No le respondo al taxista, que sube el volumen y acompaña con la mano el bombo de una canción de Soda Stereo. Le miro la cabeza reflejada en el espejo retrovisor, me gustaría que me vea y se de cuenta que lo estoy mirando con desprecio. Me molesta su actitud.

Me molesta no estar en el escenario. La función salió perfecta, pero me encuentro insatisfecho; como siempre. Diez minutos más y estaría en el hotel. Me saco la bufanda y me la vuelvo a ajustar como para salir.

–¿Salió bien la obra?

–Si, si; salió excelente… Soy tenor.

Me arrepiento de la acotación, me da vergüenza.

–A mí me encanta la música, escucho todo.

Instintivamente los dos miramos el autoestéreo, porque suena un tema de los Back Street Boys. El chofer defiende su postura:

–Me gusta esta radio, porque pasan de todo –Mientras lo dice, baja un poco el volumen.

Escondo la nariz en la bufanda. Con una mano en el bolsillo sujeto con fuerza la plata para pagar, con la otra cuido que no me entre aire al cuello. Por suerte ya no llueve. Le pago al taxista en la puerta del hotel. Me quedo observándolo hasta que dobla en la esquina. En cinco minutos seguro tendrá un nuevo viaje, un nuevo pasajero con otra historia y así toda la noche. No puedo imaginarme a ese hombre en otra situación que no sea de taxista, debe ser así todo el día. En cambio, yo ya soy yo del todo; no el que me gustaría ser, sino el que soy en realidad. Abro la puerta con una sola mano sin dejar de presionar la bufanda contra el pecho; cuido mi voz, lo único que me permite ser quien yo quiero.

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Fuera de Escena, por Sebastian A. Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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