Conversaciones I

Una pareja en un bar

–Ricardo son las nueve y media, ¿dónde estuviste?… ¿No vas decir nada?

–Te traje flores.

–Sí Ricardo, las estoy viendo ¿Se puede saber para qué me citaste?

–Elena…

–¿Qué, Ricardo? en quince minutos entro a la Biblioteca y vos lo sabés bien.

–Sí, por supuesto; es que yo…

–Sentáte, por favor.

–Sí, claro ¿Pediste algo?

–Voy por el segundo café, porque no sé si te acordás que te dije a las nueve.

–No fue fácil venir, Elena, perdoname.

–Decíme, por favor, de una vez por todas, ¿qué es eso tan urgente que tenés que decirme, Ricardo?

–Elena, los milicos se llevaron a Alberto esta mañana; ayer reventaron la casa de los Casco y no se sabe nada de los chicos…

–¿Alberto? No puede ser, hablé con él ayer antes de irme.

–Me voy del país Negra; esto no da para más.


Monte

―Bueno, pendejo: estamos al horno.

―¿Qué pasa?

―Tu papito se estuvo hablando con la cana.

―Tiene que haber una confusión.

―Lo esperaron en el campito para que lleve la guita y el muy imbécil fue con la policía.

―¿Cómo sabés?

―Marcos se escapó, es el único que salió vivo. Ahora la yuta viene para acá.

―Dejáme ir y escapáte loco; en la mesita que está abajo del ventanal están las llaves de la camioneta; llevátela.

―¿A dónde querés que me vaya? Mirá la tormenta que hay afuera; además acá estamos bien, calentitos, con la estufa hogar a pleno.

―Todavía te podés salvar.

―Todavía te puedo matar; es más: tengo que hacerlo. Pero te voy a dar una oportunidad.

―¿De qué hablás?

―Del Monte.

―¿Qué?

―El que saca la carta más alta mira cómo el otro se pega un tiro.

―Estás loco ¿no ves que todavía nos podemos salvar los dos?

―Vos ya estás muerto, nene… ¿Querés cortar?

―No voy a jugar.

―Corto yo… Nueve. Bueno, parece que la tenés bastante difícil.

―Es una locura.

―Da vuelta tu carta, o te pego un tiro ya mismo.

―…¡Es un doce!

―Saludos a tu papi…


Siempre paró…

–Ese té ya está bien revuelto, abuela.

–Cada vez llueve más fuerte, nena; ¿por qué no vas adelante y te fijás si está entrando agua?

–Cuando pare un poco, porque ahora está todo inundado.

–Esto no me gusta, querida; encerradas acá en el fondo; encima sin luz, sin agua… ¿llamaste a tus papás? ¿Cómo la estarán pasando?

–No anda el teléfono. Ya va a parar, abuela, no se preocupe.

–¿Por qué no probás de llamar otra vez? Decíles que cualquier cosa te quedás a dormir acá.

–Bueno, voy a probar, pero no me llore; no va a pasar nada.

–Parece de noche afuera, nena, nunca vi algo así.

–Ahí estoy llamando a mi hermano… ¡Hola Martín!

–Anita, no me podía comunicar con nadie; esto es un desastre.

–Qué ¿estás abajo de la lluvia?

–Sí, estaba yendo a casa. No lo puedo creer. Estoy agarrado de un árbol. Nunca vi una cosa así ¿Dónde estás vos?

–En la casa de Doña Julia, pero acá no es tanto. Está entrando un poco de agua, pero nada más.

–La calle es un río. Recién pasó una chica gritando arrastrada por la corriente.

–¿En serio? ¿En qué calle estás?

–…

–¡Martín! ¡Martín!


Comicidad

–Adelante, por favor ¿Su nombre?

–Héctor Juarez.

–Muy bien ¿Qué preparó?

–Estuve ensayando un poco el papel de Lorenzo, el amante de la Miss Charlotte.

–Cuando quiera, entonces.

–Bueno, le pido unos segunditos para entrar en personaje.

–Franco…

–Héctor.

–Héctor, empiece ahora, por favor; considere que hay muchos esperando y ya tendríamos que haber terminado la jornada.

–Sí, por supuesto… Mi corazón, Miss Charlotte, late por usted como los…

–¡Un minuto! ¿Lorenzo me dijo?

–Lorenzo, sí.

–¿No le parece mejor el papel del mayordomo?

–¿Cómo dice?… Yo… ensayé Lorenzo.

–Me parece que va más con su estética; piénselo bien. Sin ofender, pero mire esa nariz que tiene, a demás su altura y delgadez son ideales para el personaje.

–Disculpe, me gustaría probar primero con Lorenzo, si le parece.

–¡Olvídese de Lorenzo! ¿Puede contar un chiste?

–¿Cómo?

–Un chiste, el mayordomo es el personaje cómico de la tira.

–Pero…

–Rápido, hombre, hay mucha gente esperando y es tardísimo. Le estoy dando una oportunidad muy grande, no la desperdicie.

–Ehmm… Bueno: ¿Usted sabe cómo meter una Jirafa en un ascensor?

–¡Es buenísimo, por Dios, usted tiene el don! Gracias.

–Pero, todavía no terminó.

–No importa, ya conozco el remate. Vaya tranquilo que lo vamos a tener en cuenta; usted tiene muchas posibilidades de quedar.

–Bueno, pero ¿tienen mi teléfono, no?

–Sí, por supuesto. Adiós.

–Bueno, esperaré el llamado, entonces; adiós.

–¡Héctor!

–¡Sí!

–¿Podría cerrar bien la puerta al retirarse?; siempre me la dejan abierta. Ah, y hágame el favor, dígale al próximo que entre en diez minutos; me voy a tener que tomar un café.

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Ver: “Conversaciones II” y “Conversaciones III“.


Licencia Creative Commons
“Conversaciones I”, por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

3 comentarios sobre “Conversaciones I

  1. Refleja la fatalidad de la realidad con una cierta tranquilidad en las voces de los hablantes, como si matar o morir repentinamente trágicamente inevitablemente o impunemente fuera algo muy natural y cotidiano en esa/esta actualidad.

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