Coche fúnebre

Son las cinco de la mañana. Despierto y ella está en la puerta de mi cuarto. Me dice que hace rato tengo el desayuno listo y me pide que me apure porque se me va a hacer tarde. Después me siento a la mesa y muerdo con ímpetu una tostada que me raspa el paladar. Tomo media taza de café con leche de un sorbo.

―¿Se enfrió? Dame que te lo caliento.

―No, está bien.

―¿Tenés todo?

―Sí, mamá.

―¿El pasaje, los documentos, plata, el celular?

―Todo.

―¿Estás seguro?

Enciendo el televisor sin responder a la última pregunta; pronostican lluvia para todo el día. Me parece que mi mamá dice algo, pero mi atención está en la pantalla donde aparece el conductor con la camiseta de boca, que obviamente va a burlarse del descenso de River, pero no lo dejo; apago y dejo caer el control remoto sobre la mesa.

―¿Desde cuándo te interesa el fútbol?

―No me interesa, es que ahora no quiero nada que me haga pensar en papá.

―Qué bueno que no le tocó vivir esto.

―Algún día va a volver River, eso no es problema; en cambio hay otras cosas que son irrecuperables.

―Tenés que superarlo hijo, hace más de tres meses que pasó lo de tu padre.

Nos quedamos un rato en silencio, pero finalmente levanto la mirada y le sonrío.

―Bueno, me voy yendo.

―Si vas en taxi, llamá a la Nueva Agencia que es más barato.

―Bueno.

Cinco minutos después, estoy en el taxi rumbo a la terminal de micros. Afuera todavía es de noche y llueve. Voy tranquilo en cuanto a la hora de llegada, con un margen de tiempo suficiente por si tuviera que regresar a buscar algo a casa. Estoy en paz con el equipaje, con la seguridad de que tengo todo lo indispensable.

Cuando empiezo a relajarme me llega un mensaje de mamá:

―¿Tenés el pasaje a mano?

―Parece que a uno le toman el pelo ―susurro―, no le voy a contestar.

Por las dudas meto la mano en el bolso, aunque tengo la seguridad de que el pasaje está ahí. No quisiera darle la razón en algo tan obvio. Pero gracias al cielo, el pasaje está donde pensaba. Entonces aprovecho para corroborar los datos. Todo en orden.

En la radio del taxi empieza a sonar la canción “Sólo se trata de vivir” de Litto Nebbia; apoyo la cabeza en el respaldo sin soltar la manija del bolso y apretando con fuerza el celular. Me adormezco viendo cómo el vidrio se empaña lentamente.

Sueño que estoy en el taxi, el chofer es el mismo, pero al lado mío llevamos el cajón con el cuerpo de mi papá. Entonces le digo al taxista que me deje bajar pero después me arrepiento y empiezo a correr por la calle, aunque ya es tarde, porque no sé dónde queda el cementerio.

Una voz tosca me despierta:

―¡Llegamos!

Abro los ojos y toco el asiento a mi lado, pero reacciono enseguida porque afuera sigue lloviendo y hay un hombre con dos nenas en la puerta del taxi esperando para subir.

En la estación, mientras espero el micro en el andén, pienso si no estaré haciendo mal en no responder el mensaje.

―Qué le costaba escribirme simplemente deseándome un buen viaje, siempre me trata como a un chico.

De todas formas decido mandarle un mensaje aunque crea que no se lo merece. Pero me doy cuenta que ya no voy a poder hacerlo, porque descubro que el celular se me quedó en el taxi; que ha partido como un coche fúnebre, llevándoselo por algún rumbo desconocido.


Bonus track:


“Coche fúnebre”, por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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