Jauría

"Antes de que pueda cerrar los ojos, tras escuchar un ruido empuñó con fuerza su machete y se puso de pie al instante".

 

              Después de un día de caminata bordeando la espesa selva del Amazonas y con dos más por delante Wayra, un joven descendiente del pueblo Aymara en Bolivia, no se preocupaba tanto por entregar su encomienda sino más bien por los peligros del camino. Tras haber caminado durante horas sin cesar se detuvo a descansar debajo de un árbol cobijado por la oscura noche junto a un fuego, con su machete en la mano y un ojo abierto por si acaso. Apenas apuntó el sol Wayra se puso de pie e inmediatamente en marcha pues cuanto más rápido llegara más alto sería el pago por su trabajo, aunque él mismo sabía que eso era una miseria pero no quedaba más que hacer, esto era todo para él y nadie lo hacía mejor que él, ni nadie conocía el camino mejor que él.

               Esa mañana no tuvo la suerte que acostumbraba pues mientras andaba con la bolsa al hombro sintió de repente un agudo dolor en el garrón de su pierna derecha, era un perro que lo había tomado por sorpresa y no lo soltaba entonces Wayra comenzó a pelear con el animal cuerpo a cuerpo hasta que pudo atinarle con el machete en una oreja haciéndolo retroceder y aprovechando el momento para rematarlo. Luego improvisó una venda para frenar la hemorragia y siguió la marcha sólo que un poco menos confiado.

               El sol del mediodía comenzaba a marearlo y el tirón de su pierna le hacía pensar que tal vez no llegaría a tiempo, sin duda el camino se haría más pesado de lo que había pensado. Pero él era un luchador difícil de rendirse lo llevaba en su sangre como lo había sido su padre Wayra K’ata, como sus ancestros aymaras.

Otro día terminaba y el profundo dolor en su pierna no se detenía, de vez en cuando lo obligaba a detenerse pero él no iba a rendirse por nada, como sea llegaría a su destino, de todas formas se encontraba casi a mitad del camino por lo que llegar o regresar le quedaba a la misma distancia. Mientras que el agudo dolor que iba en aumento le hacía recordar lo mucho que quería llegar a tiempo aunque no lograba entender por qué le dolía tanto una simple mordida, sentía un ardor profundo como si el perro le hubiera inyectado veneno.

El dolor recorría su cuerpo, con cada paso lo cruzaba desde su pierna a su cabeza hasta que ya no pudo resistir y se tiró a reponer fuerzas. El camino lo había adentrado en la selva por lo que se prometió no dormirse pero fue casi imposible mantener los ojos abiertos, y aunque la herida estaba infectándose y la fiebre no se detenía Wayra sólo pensaba en no rendirse y en seguir adelante pase lo que pase. La helada noche cayó sobre él otra vez sólo que esta vez el frío le calaba hasta los huesos así que comió un pedazo de pan y se permitió dormir un poco por el malestar que sentía. Pero antes de que pueda cerrar los ojos, tras escuchar un ruido empuñó con fuerza su machete y se puso de pie al instante observando detenidamente el lugar, voleando la cabeza de un lado a otro intentando visualizar el sonido que le llegaba de todas las direcciones.

Eran gruñidos y ladridos de perros aproximándose hacia él hasta que pudo ver los primeros ojos luminosos y diabólicos aparecer en la negrura del lugar. – ¡Vengan malditos, no les tengo miedo!- gritó enfurecido y dispuesto a todo -¡A mi no me lleva nadie, yo solo puedo contra todos, vengan!- no dejaba de gritar rodeado por la jauría que lo amenazaba, mientras golpeaba en el piso con el machete los llamaba – ¡vengan inútiles, vengan todos, me los voy a comer malditos perros!- Así comenzó otra vez la lucha con la diferencia de que esta vez no se trataba de un perro sino de cientos, enfurecidos se le acercaban y el valiente Wayra los desparramaba por el suelo.

Los gritos se mezclaban con los ladridos y la sangre de los perros con la de Wayra, pero él no se rendiría – ¡Aquí mando yo malditos perros!- exclamaba. Mientras peleaba con la jauría uno de los perros pudo morderle la pierna herida y lo zamarreó, Wayra cayó vencido por el dolor y se dejó arrastrar por los furiosos animales que aprovecharon su caída para atacarlo. Como pudo logró soltarse y aunque sintió como se desgarraba su pierna tomó otra vez su arma y terminó con el perro que lo había tumbado.

Parecía que su fuerza se incrementaba cada vez más en lugar de disminuir, cuando se sacaba a uno de encima se le prendía otro y así continuó hasta que logró que mantuvieran distancia, y mirándolos fijamente les gritaba –¡Aquí mando yo, no les tengo miedo, vengan, venga de una vez!- Pero esperando que los perros se decidieran a atacarlo se dio cuenta que no ladraban más, pero tampoco se iban, como si hubieran entendido el mensaje, como si supieran lo que Wayra les decía –¡El que manda soy yo!- les dijo por última vez apuntándoles con el machete. Tomó la encomienda cargándosela al hombro y como pudo siguió su marcha solo que esta vez la jauría lo escoltaba lo seguían de cerca aunque él sabía que no lo iban a volver a atacar porque ya habían entendido quién era el que mandaba, quien era el más fuerte de la jauría.

El dolor y la desolación se habían incrementado significativamente, ya en el tercer día de camino sin embargo la fortaleza de su espíritu no lo abandonaba. Ya casi entrando al pueblo se encontró muy debilitado, había vomitado varias veces y la fiebre no cesaba, la sed y el dolor iban en aumento, el sol lo abrumaba y le faltaba el aire por lo que los descansos que se tomaba eran cada vez más seguidos y duraderos. Cuando se sentaba, los perros lo rodeaban y se echaban alrededor de él como resguardándolo, de todas formas la preocupación de Wayra ya no era la encomienda ni los peligros de la selva sino más bien el malestar que sentía pues agonizaba por la fiebre, pero como ya había llegado hasta allí y le faltaba muy poco para terminar se volvía a poner de pie y continuaba su marcha.

Al entrar al pueblo todas las miradas estaban puestas en él, vio las expresiones en los rostros de la gente al advertir la gran cantidad de perros que lo escoltaba pero él no pensó ni en los perros ni en su dolor, sólo pensó en que por fin había llegado al pueblo cumpliendo con su tarea. Entre la muchedumbre de gente que lo rodeaba logró distinguir a quien esperaba el paquete que al notar el estado del joven se abalanzó sobre él para socorrerlo y Wayra, como quien entrega su espíritu, le dio la bolsa y se dejó caer al suelo totalmente rendido.

Despertó en el hospital del poblado y al abrir sus ojos saltó de la cama al instante y sintió otra vez el agudo dolor, entonces mientras la enfermera lo ayudaba sentarse en la camilla él le preguntó – ¿Dónde están mis perros?-, ella le respondió extrañada– Disculpe pero no hemos visto ningún perro, usted estaba sólo cuando lo encontramos en la puerta del pueblo con una infección muy avanzada en la pierna pero puede quedarse tranquilo, pronto estará bien.

 


 

Licencia Creative Commons
Jauría por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

5 comentarios sobre “Jauría

  1. Muy bueno Seba! las descripciones transmiten muy bien las emociones del personaje, me imagino a un personaje aguerrido, bien “selvático”. Me hizo acordar un poco a los relatos de Quiroga..”A la deriva”, ¿lo conocés?

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  2. Creo que está bueno “agarrar” un poco de acá y otro de allá (consciente o inconscientemente) y mezclarlo con nuestro propio estilo…me pasa cuando escribo en inglés…algún día quizá me anime a compartir algo..ja

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