Violinista

Comenzó a sonar su instrumento y en la poco concurrida avenida, a una mujer le llamó la atención la melodía. Se paró frente al ciego que ejecutaba el violín con maestría.

La melodía era algo lenta y triste pero contrastaba con la plácida expresión del músico que intermitentemente sonreía y arqueaba las cejas.

El violinista terminó la introducción y comenzó a cantar sobre la melodía que se suspendía y se estiraba en el vibrar de las cuerdas. Tenía la voz áspera pero estridente.

La mujer había tomado la decisión de quedarse hasta el final de la canción; miró alrededor pero era la única espectadora. Algunas miradas caían hacia el foco del sonido y luego seguían su camino, otras personas sólo detenían su marcha por algunos segundos. Pero la mujer estaba ahí, apreciando cada gota de sonido.

El hombre cantó dos estrofas, en una cíclica melodía, que hablaban acerca de la soledad y de lo duro de sentirse solo. Luego, un sonoro acorde del violín dio paso al estribillo, que decía lo siguiente:

“Aunque no pueda ver tu rostro, sé que estás ahí y nada ni nadie me impide hoy decirte la verdad, por si no lo sabías: eres hermosa”.

La mujer se conmovió y se le humedecieron los ojos. No esperaba encontrarse en esa situación. La canción concluyó, la pieza había sido perfecta.

El ciego quedó con el rostro hacia el frente como mirando a su público invisible y mientras limpiaba con un trapo su instrumento, oyó el chocar de algunas monedas dentro del estuche. Él agradeció al aire asintiendo con la cabeza, ella se retiró lentamente.

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