Cajones de Gente

Coleccionaba cabezas humanas y las guardaba en cajones bien ordenados por categorías que él mismo había inventado. Maratónica tarea. Cual si fuera un experto en el arte de la museología. Pero lo cierto es que no lo era, le costaba horrores dar un orden a cada cajón y estante. Las cabezas llegaban de a montones todos los días y como no le gustaba dejarlas sin clasificar las guardaba según la primera impresión le iba dictando. Después, cada tanto le pasaba, abría un cajón, miraba una cabeza y se lamentaba de haberla guardado por mucho tiempo en un lugar equivocado.

Así, por ejemplo, en el cajón de “Gente despreciable” había encontrado la cabeza de un Intendente que al final no le había caído tan mal, o en el cajón de “Fanáticos religiosos” estaba la cabeza de su hermana que en realidad no había resultado ser tan fanática como pensó en algún momento y la devolvió al cajón de “Seres queridos”. En otro de  sus cajones, el de “Gente que puede robarte en la calle” encontró a Juan Carlos, el chico que le corta el pasto del patio cada quince días, cuando lo descubrió, en seguida lo pasó al cajón llamando “Pobres, pero honrados”.

Aunque tiene mucho trabajo, es una persona muy metódica y organizada con los tiempos en todo lo que se refiere al orden de los cajones, las clasificaciones y reclasificaciones.

Otra de las demandas de este oficio, por cierto, la que más odia, es la de mantenimiento. Es muy importante la tarea de conservar cada cabeza en un estado de pulcritud necesarios para su vida útil guardada en los cajones ya que suelen echarse a perder sin el debido cuidado. Siempre le sucede de encontrar cabezas gastadas, algunas irreconocibles ya sin dueño, ni nombre. Incontables fueron las veces que al abrir un cajón encontró entre las cabezas alguna sin rostro que no sabía ni cuándo ni para qué la habría guardado. Una vez descubrió que en el cajón de “Compañeros de la primaria”, si bien a algunas de esas cabezas las fue ubicando en otros cajones, las pocas que quedaban ahí ya casi no tenían rasgos faciales reconocibles, por lo que tuvo que verse en la penosa tarea de tirarlas a la basura.

Los cajones se llenan día tras día de cabezas casuales: el taxista, un quiosquero del centro, alguien que lo saludó por la calle y que él no reconoció (a este lo tiene guardado en un cajón de “Gente que si me conoce ya me va a decir que me vio por la calle”), una señora con perrito, un vecino nuevo que salió en bata a sacar la basura, etc. Cientos de cabezas llegan pero son muy pocas las que quedan permanentemente en los cajones.

El cuarto donde guarda las cabezas está cubierto de estanterías llenas de cajones que va acomodando según un orden de prioridad. Las cabezas más importantes atrás y las menos importantes, adelante para poder tenerlas más a mano y trabajar con ellas. También están sus cajones favoritos, esos que son indispensables para él, a los que les guarda un lugar preferencial, los afectos, los allegados, los amigos, la familia. Esos cajones están en un altillo al cual se accede por una escalera ubicada en el fondo de la sala. Ahí están las cabezas preferenciales, pero eso no quiere decir, que esos cajones y esas cabezas no sufran los mismos deterioros que el resto en la sala; les sucede lo mismo, necesitan los mismos cuidados y padecen los mismos reacomodamientos y descartes como las demás.

Hace poco le pasó que revisando el cajón más alto del altillo se dio cuenta de una gran verdad que le hizo repensar toda su metodología, “le movió la estantería” como quien dice y lo hizo darse cuenta que estaba en una grave situación. En el cajón principal donde se supone que deberían estar las cabezas con el nivel máximo de importancia para su vida, solo encontró la suya.

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