Violinista

Comenzó a sonar su instrumento y en la poco concurrida avenida, a una mujer le llamó la atención la melodía. Se paró frente al ciego que ejecutaba el violín con maestría.

La melodía era algo lenta y triste pero contrastaba con la plácida expresión del músico que intermitentemente sonreía y arqueaba las cejas.

El violinista terminó la introducción y comenzó a cantar sobre la melodía que se suspendía y se estiraba en el vibrar de las cuerdas. Tenía la voz áspera pero estridente.

La mujer había tomado la decisión de quedarse hasta el final de la canción; miró alrededor pero era la única espectadora. Algunas miradas caían hacia el foco del sonido y luego seguían su camino, otras personas sólo detenían su marcha por algunos segundos. Pero la mujer estaba ahí, apreciando cada gota de sonido.

El hombre cantó dos estrofas, en una cíclica melodía, que hablaban acerca de la soledad y de lo duro de sentirse solo. Luego, un sonoro acorde del violín dio paso al estribillo, que decía lo siguiente:

“Aunque no pueda ver tu rostro, sé que estás ahí y nada ni nadie me impide hoy decirte la verdad, por si no lo sabías: eres hermosa”.

La mujer se conmovió y se le humedecieron los ojos. No esperaba encontrarse en esa situación. La canción concluyó, la pieza había sido perfecta.

El ciego quedó con el rostro hacia el frente como mirando a su público invisible y mientras limpiaba con un trapo su instrumento, oyó el chocar de algunas monedas dentro del estuche. Él agradeció al aire asintiendo con la cabeza, ella se retiró lentamente.

Precipicio

Yo estuve ahí esa misma noche y mientras avanzaba miré tres veces hacia atrás, sólo para asegurarme de que el camino aún seguía ahí, en el mismo lugar. Cuando ya no podía ver más el punto de partida hice un pozo en la arena lo más profundo que pude sólo para dejar una marca de mi paso por si tenía que volver. Aún no sabía dónde me dirigía, sólo seguía un camino que pronto se había convertido en un extenso puente. Allí había mucha gente y yo caminé junto a ellos. Cuando subí al puente me asomé a uno de sus lados y descubrí que abajo sólo había un gran abismo.

El tiempo no se detenía, habían pasado varios días desde que me había subido al puente. Cada vez faltaba menos para llegar y todavía no sabía dónde me dirigía. Entonces una pregunta golpeó con fuerza en mi pensamiento, una gran voz me preguntó:

—¿Dónde te diriges, joven?

—No lo sé, tal vez tú lo sepas.

—Claro que lo sé, repites lo que hacen los demás, creyendo que es el único camino.

Después de eso la gran voz desapareció y pasó un largo tiempo en el que traté de explicarme qué había querido decirme. El tiempo había pasado muy rápidamente, y en aquél camino había visto el mal. Algunos de los que iban junto a mí querían llegar lo antes posible al final, por lo que no tenían miramientos de hacer lo que fuera por llegar; incluso tirar a quienes se interpusieran en sus caminos. Por eso comencé a caminar con mucho cuidado, mientras el camino comenzaba a desencantarme.

De pronto me sobrecogió la emoción, parecía que había llegado al final del puente, pero al instante ese sentimiento se convirtió en una inmensa interrogación, ya que no estaba satisfecho con el camino recorrido; sentía que aún me faltaba algo.

Los que venían conmigo empujaban a los de adelante que por alguna razón querían regresar. Se había armado una gran disputa entre los que querían avanzar y los que querían regresar. Frené a uno de los que regresaban y me explicó:

—Mira, aunque no nos creas, no avances más porque más allá del puente no hay nada y los que llegan al final están cayendo al vacío.

Entonces, las respuestas llegaron a mi, caí que yo era uno más del montón, me aferré a las palabras de aquella voz y sin pensarlo dos veces di la vuelta y empecé a caminar en sentido contrario. Regresé por el mismo camino y no me detuve. Mientras iba caminando iba recordando. Al tiempo me bajé del puente pasé por la playa; el pozo que había hecho en la arena ya se había tapado por las olas del mar.

Y esa misma noche, antes de llegar, miré tres veces hacia atrás sólo para asegurarme de que el camino aún seguía ahí en el mismo lugar.


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Típota

Típota

Típota es un pequeño mundo poblado que flota aislado en el espacio lejos de cualquier estrella caliente. Su única fuente de luz proviene tanto del fuego como de la energía eléctrica que los pobladores producen en sus comunidades. Pero una vez sucedió que de un momento a otro apareció una especie de camino iluminado que venía del cielo y se hundía en el mar. Los ciudadanos de este planeta no lograban entender este extraño fenómeno sin precedente alguno en Típota, por lo que tuvieron que discutir el asunto ampliamente. Congreso tras congreso, fuertes debates en favor y en contra de las teorías que los sabios presentaban como posibilidades para explicar el por qué de aquel camino y a dónde llevaba. Algunas de las teorías más aceptadas pronto se convirtieron en paradigmas antagónicos que dividieron a la sociedad en dos. Por un lado estaban los que creyeron que el camino llevaba a algo mejor, a un mundo de luz y por otro estaban los que afirmaban que el camino no llevaba a ningún lado ya que al cabo de muchos años no había noticias de los que habían emprendido el viaje. Los que cruzaban, jamás volvían y los que quedaban morían en la certeza de sus dudas. Lo cierto es que, de un momento al otro, sin más ni más, el camino volvió a desaparecer sin dejar rastro alguno.


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Tres Bestias

Bestia #1, ilustración de Ignacio Maierg

1) LA BESTIA ESTABA AHÍ

Bestia #I, ilustración de Ignacio Maierg.

―¿Dónde estuviste todo este tiempo?, ya me había olvidado de vos.
―¡Vine a verte!
―El orgullo de la familia… en cambio yo, un desastre como siempre.
―Estuve lejos estos años, lo sé. Pero acá estoy.
―¿Por qué? si yo ya no tengo remedio.
―No digas eso, todavía hay oportunidades, aunque te parezca mentira no te las terminaste todas.
―No hay futuro, nunca podría llegar donde vos estás.
―Tampoco me idealices tanto.
―¿Por qué ahora después de tanto tiempo?
―No sé; la verdad es que me costó mucho venir, traté de evitarlo muchas veces. Pensaba que todavía no era el tiempo y así fueron pasando los años.
―Qué diferentes fueron nuestras vidas: vos para arriba, siempre bien y yo, para abajo, cada vez peor; estoy esperando que todo termine de una vez, pero no se acaba nunca. Parece que siempre se puede estar peor.
―No digas eso, no es cierto.
―Es la vida que yo quise.
―Te está obligando a vivir así. Decíme, ¿qué va a pasar cuando se canse de vos y decida destruirte del todo?
―Si no pasó hasta ahora, no creo que pase.
―Te mentís, ¡basta!
―Sólo me pide que la alimente, eso es todo lo que tengo que hacer.
―Te está matando de a poco ¿no lo ves?
―De algo hay que morir.
―No así, no le des el gusto.
―No puedo hacer nada amigo, me da mucho miedo; si la obedezco me deja en paz.
―Pero nunca una paz verdadera.
―Ya está, no puedo hacer nada.
―Vine a decirte que sí podés vencer, que la bestia es sólo grande en apariencia; pero en su interior tiene terror.
―¿De qué?
―De que dejes de alimentarla.
―¿Qué se supone que debo hacer?
―Se valiente, no la alimentes más; se va a ir debilitando hasta desaparecer por completo.
―¿Cómo estás tan seguro?
―¿Acaso no soy la prueba?
―No sé si puedo, vos siempre fuiste diferente.
—No tiene nada que ver, la bestia es la misma. Te vi rebelarte tantas veces.
―No me entendés, no es como antes, es enorme.
―Vamos, no me digas que te vas a rendir así de fácil.
―Yo ya me rendí hace mucho.
—Creéme no tiene poder alguno.
—No sé qué hacer.
—Creer, es la única salida, no perdés nada.
—Eso es cierto.
—Sé valiente. Te espero del otro lado.


2) LA BESTIA Y EL PROFETA

Bestia #II, ilustración deIgnacio Maierg.

Entonces la Bestia se vio acorralada y dio el grito más feroz que alguna vez surgió de sus entrañas. Pero el profeta ni siquiera parpadeó. La Bestia se percató de que ése había sido su último intento, aunque seguro fue el mejor, también había sido en vano. Antes, con mucho menos lograba paralizarlo por completo. Esa había sido su última jugada. Luego el profeta avanzó lentamente y la bestia se fue evaporando hasta desvanecerse por completo.


3) YA NO PUEDO VER TU GLORIA BESTIA MÍA


Bestia #III, ilustración de Ignacio Maierg.

El espíritu que combatimos está entre nosotros. Véanlo en lo alto desde abajo donde cree tenernos a su merced mientras se retuerce de maldad, de envidia y de vanidad.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Lo sé, a todos nos enamoró con su belleza, a todos nos engañó alguna vez. Lo sé, aveces sólo basta con no mirarla para no caer, pero otras hay que huir sin descansar.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
No discutan con ella, porque la bestia representa la necedad y la mentira. Ella sabe transformar y manipular la verdad, porque la conoce mejor que nosotros.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
No tengan miedo de su poder, porque aunque tiene un gran poder, el de destruirlo todo, hasta a ella misma, su poder dura un poco de tiempo; no la pierdan de vista.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Sonrían cuando la vean soberbia y vanagloriosa, porque no todos sus dardos nos dañarán y porque al final sobre ella estaremos de pie cuando caigan su poder, su gloria y el terror que nos infundía.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Ya no puedo ver tu gloria bestia mía, desde que decidí con fuerza despegarme de tus mentiras. Ya no veo tu gloria porque me consume la verdad y me inunda.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Sepan que hay quienes dicen amar su vida tal cual es a pesar de la bestia y hay quienes no encuentran salida y se sienten desahuciados.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
También hay quienes vuelven al fango de donde salieron y quienes se conforman pensando que pueden negar la verdad siguiendo la promesa de la bestia de que aquello en lo que creen se probará más adelante cuando sean más iluminados; una verdad hipotética que debería darle sentido a la vida.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
También sé que hay lobos disfrazados de pastores y lobos que creen ser pastores y hay gente que se cree oveja pero que también es lobo. Detrás de todos está la bestia.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
A ella sólo le importa dejarnos satisfechos. Porque sabe que la tortura del deseo es más efectiva que la del dolor.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Nosotros sólo somos simplemente un grupo de rebeldes, que junto a otros tantos sabemos que la bestia está detrás, pero la tenemos vigilada; no sea cosa que la perdamos de vista y nos engañe a nosotros también.


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Dispositivos voladores

Dios había creado un dispositivo volador inteligente, programado, entre otras cosas, para sembrar. Su forma de trabajo era simple: reconocer y recolectar semillas; separar una parte y transformarla en abono luego de un proceso químico; y por último, crear un proyectil mezclando el abono con el resto de las semillas para arrojarlo en tierra fértil. Cuando Dios le presentó el dispositivo a Adán, este le dio un nombre, que en nuestro idioma podría traducirse como pájaro.


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La ilustración pertenece a Mariana Ruiz Johnson.


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Punto de fuga

El artista estaba convencido de que su obra estaba quedando mejor que el paisaje que tenía frente a él: un camino que se hundía en lo profundo de un bosque otoñal. Durante meses trabajó en diminutos detalles. Estaba tan enamorado de su trabajo que a veces llegaba a observarlo con tal detenimiento y cuidado que le parecía estar dentro de él, caminando por aquel sendero plasmado en el cuadro. Muchos años después, en un reconocido museo de arte en París, un espectador que analizaba los trazos de la obra, se asombró al descubrir algo que nadie había visto antes: parecía ser una silueta humana alejándose al final del camino, justo en el punto de fuga del lienzo.

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Canción en invieron

El cantor estaba sentado sobre un tocón junto al camino, escoltado por un bosque gris de fríos y pelados árboles. Cantaba y en su canción anunciaba que pronto vendría la primavera. Algunos pasaban de largo sin siquiera voltear para verlo, pero otros nos quedamos a sus pies, porque su voz, a pesar de que el invierno arreciaba, tenía algo de primavera que nos conmovía. Nos quedamos ahí con él porque escucharlo era como tener un poco de primavera en pleno invierno.

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La puerta del ángel

Estábamos en un cuarto cerrado, el ángel quería decirme algo, pero no lograba captar mi atención porque yo insistía, como un niño, en preguntar qué había detrás de la puerta.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
“Nada que necesites saber ahora”, me respondió. De pronto vi un halo de luz que se coló por una hendija, lo que me hizo sospechar que la puerta estaba abierta. El ángel lo notó y con cierta indignación se dirigió hacia ella para cerrarla definitivamente. Pero yo llegué primero, la abrí y pasé al otro lado antes de que él me alcanzara.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Me encontré con un paisaje espléndido, delante mío habían dos montañas, una a la derecha y otra a la izquierda, casi simétricas, divididas por un espejo de agua cristalina cuya orilla llegaba hasta mis pies. Jamás había visto un paisaje más bonito, entendí que aquél lugar no estaba en la Tierra. El agua brillaba como si fuera de cristal, el cielo de un azul y rojo, intenso como el de las piedras preciosas, y las nubes resplandecían en colores como de fuego y oro. Quedé extasiado viendo el paisaje.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Miré atrás y el ángel estaba observándome desde el cuarto con un gesto de desaprobación.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Cuando vi otra vez hacia adelante, el paisaje comenzó a cambiar abruptamente, el azul cielo se convirtió en oscuridad, como si un manto negro lo cubriera de repente. El clima cálido, también cambió al levantarse una violenta ráfaga de viento helado. Después se desató una gran tormenta eléctrica, de esas que causan gran temor y te hacen sentir pequeño y frágil.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Entré otra vez al cuarto, mojado y asustado. “Te dije que todavía no era el tiempo”, me dijo el ángel mientras cerraba la puerta.

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Por #SebastiánColotto. Basado en un sueño real. La imagen es representativa, no se condice con el paisaje real en su totalidad.

 

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Atardeciente

—Me gustan mucho esos momentos cuando la gente está atardeciente.
—¿Cómo es eso?
—Que atardecen, digo.
—Sí pero, ¿en qué sentido?
—Como que llegan a un punto de inflexión… o de reflexión, mejor dicho.
—¿Un quiebre?
—No siempre, a veces es simplemente como llegar al final de algo y contemplar ese momento.
—¿Un declive?
—¡No, todo lo contrario! Porque después todo sigue su curso normal.
—Sigo sin entender
—Este momento, por ejemplo, es atardeciente para mí. Porque de pronto se llega a una conclusión profunda que lo dice todo, lo resume todo, una revelación.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
—¿Algo así como la “iluminación”?
—No, nada que ver, porque te puede llegar en cualquier momento.
—¿Como la muerte?⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
—En ese aspecto sí, pero no; por ejemplo, cuando la gente aterdece se le nota en el rostro, se iluminan, sonríen o están serios, pero bellos, destilan una belleza particular. Después siguen con sus cosas, como todos.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
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Escrito y dirigido por un atardecido #SebastiánColotto.

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En la orilla (cuentos cortos)

Hola a todos, quería comentarles sobre un nuevo proyecto que estoy llevando adelante y tiene mucho que ver con este blog y las historias que habitan en él. Se trata de la publicación de “En la orilla (cuentos cortos)”, un libro que recopila una selección de cuentos cortos de mi autoría.

En él está plasmado una gran diversidad de géneros literarios. Cada pieza representa diferentes etapas de mi vida y de mi recorrido como escritor. Por si no lo sabían, nací en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, en el año 1983. Desde muy temprana edad me dediqué a la producción literaria; sobre todo a la creación de cuentos cortos de diversos géneros. Esta afición fue la que me llevó a orientar mis estudios, en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, hacia la escritura creativa, el periodismo narrativo y el texto ficcional.

Los cuentos

Cada uno de los 66 cuentos (mi propio canon) que incluí en el libro fueron especialmente seleccionados, corregidos y, en algunos casos, reescritos, por mí. Después de un año completo de trabajo, puedo decir que no hay una línea, ni una palabra de más (ni de menos) en esta antología.

La forma que elegí para ordenar los cuentos de “En la orilla” fue la de agruparlos en categorías en las que pueden convivir textos que escribí cuando tenía apenas 12 años y narraciones de la última hora, compuestas mientras trabajaba en la concreción del libro.

Las categorías van de los más fantástico a lo más verosímil, pasando por diferentes estadios, vericuetos y descansos. De esa forma, el libro comienza con los

  • Cuentos de la primera persona“, que contienen narraciones escritas en primera persona que apuntan a vivencias comunes del género humano.
  • Sigue por los “Cuentos fantásticos” con los que atravieso los mundos posibles dentro del género de la ciencia ficción.
  • Continúa con los “Cuentos de la somnolencia“, dentro del género onírico, pero con un poco de humor absurdo.
  • Después vienen los “Cuentos de morlacos“, basados en unos misteriosos seres inventados por mí que llevan ese nombre, aunque estos ocultan una seria denuncia a los sistemas económicos basados en la explotación humana y la acumulación.
  • Llegando al final están los “Cuentos metafísicos“, estos inspirados en los textos bíblicos y en cuestiones que tiene que ver con la teología.
  • Por último, mis favoritos, los “Cuentos de gente común“, estos nos hablan de cuestiones puramente humanas, basadas muchas veces en historias reales y en otras verosimilitudes.

El concepto

El título de la obra está inspirado en uno de los cuentos que lleva el mismo nombre “En la orilla“; el cuento se explica por sí mismo…

¿Cómo conseguirlo?

De más está decir, que el libro se encuentra a la venta, el mismo lo pueden conseguir comunicándose conmigo, por cualquier medio, o a través de este link a MercadoLibre, donde actualmente se encuentra el libro.


Algunas imágenes de la presentación:


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Jauría

"Antes de que pueda cerrar los ojos, tras escuchar un ruido empuñó con fuerza su machete y se puso de pie al instante".

 

              Después de un día de caminata bordeando la espesa selva del Amazonas y con dos más por delante Wayra, un joven descendiente del pueblo Aymara en Bolivia, no se preocupaba tanto por entregar su encomienda sino más bien por los peligros del camino. Tras haber caminado durante horas sin cesar se detuvo a descansar debajo de un árbol cobijado por la oscura noche junto a un fuego, con su machete en la mano y un ojo abierto por si acaso. Apenas apuntó el sol Wayra se puso de pie e inmediatamente en marcha pues cuanto más rápido llegara más alto sería el pago por su trabajo, aunque él mismo sabía que eso era una miseria pero no quedaba más que hacer, esto era todo para él y nadie lo hacía mejor que él, ni nadie conocía el camino mejor que él.

               Esa mañana no tuvo la suerte que acostumbraba pues mientras andaba con la bolsa al hombro sintió de repente un agudo dolor en el garrón de su pierna derecha, era un perro que lo había tomado por sorpresa y no lo soltaba entonces Wayra comenzó a pelear con el animal cuerpo a cuerpo hasta que pudo atinarle con el machete en una oreja haciéndolo retroceder y aprovechando el momento para rematarlo. Luego improvisó una venda para frenar la hemorragia y siguió la marcha sólo que un poco menos confiado.

               El sol del mediodía comenzaba a marearlo y el tirón de su pierna le hacía pensar que tal vez no llegaría a tiempo, sin duda el camino se haría más pesado de lo que había pensado. Pero él era un luchador difícil de rendirse lo llevaba en su sangre como lo había sido su padre Wayra K’ata, como sus ancestros aymaras.

Otro día terminaba y el profundo dolor en su pierna no se detenía, de vez en cuando lo obligaba a detenerse pero él no iba a rendirse por nada, como sea llegaría a su destino, de todas formas se encontraba casi a mitad del camino por lo que llegar o regresar le quedaba a la misma distancia. Mientras que el agudo dolor que iba en aumento le hacía recordar lo mucho que quería llegar a tiempo aunque no lograba entender por qué le dolía tanto una simple mordida, sentía un ardor profundo como si el perro le hubiera inyectado veneno.

El dolor recorría su cuerpo, con cada paso lo cruzaba desde su pierna a su cabeza hasta que ya no pudo resistir y se tiró a reponer fuerzas. El camino lo había adentrado en la selva por lo que se prometió no dormirse pero fue casi imposible mantener los ojos abiertos, y aunque la herida estaba infectándose y la fiebre no se detenía Wayra sólo pensaba en no rendirse y en seguir adelante pase lo que pase. La helada noche cayó sobre él otra vez sólo que esta vez el frío le calaba hasta los huesos así que comió un pedazo de pan y se permitió dormir un poco por el malestar que sentía. Pero antes de que pueda cerrar los ojos, tras escuchar un ruido empuñó con fuerza su machete y se puso de pie al instante observando detenidamente el lugar, voleando la cabeza de un lado a otro intentando visualizar el sonido que le llegaba de todas las direcciones.

Eran gruñidos y ladridos de perros aproximándose hacia él hasta que pudo ver los primeros ojos luminosos y diabólicos aparecer en la negrura del lugar. – ¡Vengan malditos, no les tengo miedo!- gritó enfurecido y dispuesto a todo -¡A mi no me lleva nadie, yo solo puedo contra todos, vengan!- no dejaba de gritar rodeado por la jauría que lo amenazaba, mientras golpeaba en el piso con el machete los llamaba – ¡vengan inútiles, vengan todos, me los voy a comer malditos perros!- Así comenzó otra vez la lucha con la diferencia de que esta vez no se trataba de un perro sino de cientos, enfurecidos se le acercaban y el valiente Wayra los desparramaba por el suelo.

Los gritos se mezclaban con los ladridos y la sangre de los perros con la de Wayra, pero él no se rendiría – ¡Aquí mando yo malditos perros!- exclamaba. Mientras peleaba con la jauría uno de los perros pudo morderle la pierna herida y lo zamarreó, Wayra cayó vencido por el dolor y se dejó arrastrar por los furiosos animales que aprovecharon su caída para atacarlo. Como pudo logró soltarse y aunque sintió como se desgarraba su pierna tomó otra vez su arma y terminó con el perro que lo había tumbado.

Parecía que su fuerza se incrementaba cada vez más en lugar de disminuir, cuando se sacaba a uno de encima se le prendía otro y así continuó hasta que logró que mantuvieran distancia, y mirándolos fijamente les gritaba –¡Aquí mando yo, no les tengo miedo, vengan, venga de una vez!- Pero esperando que los perros se decidieran a atacarlo se dio cuenta que no ladraban más, pero tampoco se iban, como si hubieran entendido el mensaje, como si supieran lo que Wayra les decía –¡El que manda soy yo!- les dijo por última vez apuntándoles con el machete. Tomó la encomienda cargándosela al hombro y como pudo siguió su marcha solo que esta vez la jauría lo escoltaba lo seguían de cerca aunque él sabía que no lo iban a volver a atacar porque ya habían entendido quién era el que mandaba, quien era el más fuerte de la jauría.

El dolor y la desolación se habían incrementado significativamente, ya en el tercer día de camino sin embargo la fortaleza de su espíritu no lo abandonaba. Ya casi entrando al pueblo se encontró muy debilitado, había vomitado varias veces y la fiebre no cesaba, la sed y el dolor iban en aumento, el sol lo abrumaba y le faltaba el aire por lo que los descansos que se tomaba eran cada vez más seguidos y duraderos. Cuando se sentaba, los perros lo rodeaban y se echaban alrededor de él como resguardándolo, de todas formas la preocupación de Wayra ya no era la encomienda ni los peligros de la selva sino más bien el malestar que sentía pues agonizaba por la fiebre, pero como ya había llegado hasta allí y le faltaba muy poco para terminar se volvía a poner de pie y continuaba su marcha.

Al entrar al pueblo todas las miradas estaban puestas en él, vio las expresiones en los rostros de la gente al advertir la gran cantidad de perros que lo escoltaba pero él no pensó ni en los perros ni en su dolor, sólo pensó en que por fin había llegado al pueblo cumpliendo con su tarea. Entre la muchedumbre de gente que lo rodeaba logró distinguir a quien esperaba el paquete que al notar el estado del joven se abalanzó sobre él para socorrerlo y Wayra, como quien entrega su espíritu, le dio la bolsa y se dejó caer al suelo totalmente rendido.

Despertó en el hospital del poblado y al abrir sus ojos saltó de la cama al instante y sintió otra vez el agudo dolor, entonces mientras la enfermera lo ayudaba sentarse en la camilla él le preguntó – ¿Dónde están mis perros?-, ella le respondió extrañada– Disculpe pero no hemos visto ningún perro, usted estaba sólo cuando lo encontramos en la puerta del pueblo con una infección muy avanzada en la pierna pero puede quedarse tranquilo, pronto estará bien.

 


 

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Acerca del amor al prójimo

La lengua se me había pegado al paladar, volaba de fiebre y me ahogaban las palpitaciones. Ya no había esperanzas para mí, incluso había abandonado la idea de intentar salvarme; completamente rendido, tirado junto al camino que va de Jerusalén a Jericó, mal herido y sediento. Oí un caballo aproximándose, luego frenó junto a mí a la voz de alto de un hombre, que al descender de su cabalgadura se arrodilló, me limpió el rostro con su manto y me dio de beber.

—¿Por qué lo has hecho? —le consulté mientras trataba de sentarme—, no creo merecerlo, no soy lo que se dice un buen hombre.

—¿Quién es bueno?

—¿Usted?

—¿Sólo porque acudí a ayudarte?

—Yo soy un samaritano y usted, siendo judío, viene a ayudarme…

—Eso no me hace bueno, usted no me conoce; sólo hay uno bueno y es el que está en los cielos.

—¿Usted es maestro?

—Podría decirse…

—¿Cree que Dios me castigó por mi maldad?

—No, creo que tu propia maldad te castigó y Dios te rescata hoy porque él sí es bueno.

Le di la razón y luego me preguntó si quería ir a una posada, que él podría llevarme en su caballo. Me sentí apenado, intenté resistirme diciéndole que jamás podría pagarle aquel gran favor. Pero el hombre hizo como si no me escuchara.

—¿Necesitas ayuda para levantarte?

—No, está bien, creo que puedo por mí mismo ¿Puedo preguntarte algo más?

—Sí, claro.

—Hace unos días escuché sobre un maestro judío que hace milagros y prodigios maravillosos y que enseña cosas asombrosas, incluso algunos han llegado a decir que podría tratarse del Mesías; ¿acaso?…

—No, yo no soy el Mesías, simplemente soy un intérprete de la Ley, un escriba, pero he tenido la oportunidad de hablar con él y en verdad es todo lo que has dicho y tal vez mucho más.

—Entiendo. Después de esto, ¿crees que pueda hacer algo por ti?

—Sí, hay algo que puedes hacer, cuando te repongas, ve y haz con otros lo mismo que yo hice contigo, esto es lo que me encomendó que hiciera el Maestro de Israel cuando en cierta ocasión me dio una gran lección acerca del amor al prójimo.

Basado en Lucas 10: 25-37.

 

 

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Fábula de un dios solitario

La última vez que viajé a través del tiempo estuve en un lugar a muchos siglos de distancia en el futuro. Ya había visitado muchos mundos posibles buscando el mío, pero ninguno de ellos había sido tan extraordinario como el último.

Desde aquel primer viaje sólo pensaba en la forma de volver, pero el brazalete que me había sacado involuntariamente de mi tiempo y espacio me había estado enviando aleatoriamente hacia tiempos cada vez más distantes.

Aparecí en un valle rodeado por unas suaves colinas y montañas de un intenso verde vivo. No había árboles ni arbustos, sólo una extraña vegetación que había colonizado el valle; era una planta rastrera de hojas finas y suculentas, llena de filamentos, tan espesa que no se podía ver el terreno debajo.

Caminé sin rumbo durante varias horas, subí por la ladera de un elevado monte con la intensión de encontrar algún punto de referencia, un lugar a donde ir o al menos un camino. Mientras subía escuché un crujido monstruoso como de algún ser viviente, lo busqué con la mirada pero no pude dar con la fuente del sonido. Parecía estar hablando en una lengua extraña.

―¿Qué pasa? ―grité asustado.

¿Qué pasa? ―respondió la criatura emulando mi voz.

De pronto, el suelo comenzó a temblar y una mezcla de tierra y hierba empezó a amontonarse frente a mí formando una figura de la cual salieron extremidades hasta que finalmente tomó aspecto humano. Medía casi un metro más que yo. Se quedó viéndome unos segundos en silencio; yo caí de rodillas al suelo por el pavor.

―Intruso.

―¿Qué está pasando?

―¿De dónde vienes?

―No lo sé, de algún lugar en el tiempo.

―¿Viajero del tiempo? ―se inclinó hacia mí― ¿Cuántas veces tuvimos esta conversación para convencerme de que no te mate?

―Es la primera vez que vengo, lo juro. Ni siquiera sé dónde estoy. La máquina funciona por sí misma, no la puedo controlar…

―¿Explícate? ―se sentó frente a mí mostrándose más amigable que al principio.

―Un anciano la llevaba. Yo escalaba una montaña en la Cordillera de los Andes. Se me apareció, balbuceó algunas cosas en otro idioma y se tiró al vacío. Bajé para buscarlo y eso es todo. El hombre estaba muerto, me puse el brazalete y ya no pude regresar.

―Está bien ―hizo un breve silencio, miró en dirección a la cima del monte y se puso de pie―, te creo; vamos, quiero mostrarte algo.

Lo seguí hasta la cumbre, había una pequeña ciudad amurallada en cuya puerta estaban unas “personas” que se comportaban de manera aislada, como si no se dieran cuenta que yo estaba ahí. Cada uno se dedicaba a realizar trabajos individuales. Uno de ellos, en la entrada, hacía una escultura que emergía de la tierra tal como la reciente aparición; parecía que la hacía mentalmente, la escultura se armaba sola, desaparecía y el artista realizaba otra totalmente diferente en cuestión de segundos. Habían otros más que colocaban piedras sobre el muro y dentro de la ciudad había miles que hacían todo tipo de labores.

―Esta es mi gente; como verás son muy creativos, nunca paran de trabajar.

Frené antes de entrar y le pregunté otra vez quién era. Me miró a los ojos y esta vez su voz no provino de su boca sino de los montes, como si todo mi entorno hablara al mismo tiempo:

―Soy el planeta Tierra.

Luego de la voz, el suelo volvió a temblar, esta vez con mucha más violencia. Uno de los montes contiguos comenzó a tomar forma de hombre; su cabeza llegaba hasta las nubes. Yo estaba aterrado, comencé a correr y me oculté detrás de unas rocas; la voz volvió a hablarme:

―Es imposible esconderse, ¿no te dije que soy el planeta Tierra?

―No entiendo, ¿dónde estoy? ―me ahogaba en mi propio llanto mientras pedía explicación―, ¿qué es esto?

―Podría decirse que estás en el futuro; a miles de años después de mi intervención. Ahora todo me pertenece, todo soy yo ―otra vez con su forma normal frente a mí me tomó del brazo―Pensé que había destruido todas esas máquinas; veo que aún hay viajeros por ahí.

―Pero, ¿qué sucedió en la Tierra?

―Digamos que un experimento genético que se salió de control… o más bien que lo tomó por la fuerza. Todo comenzó en un tubo de ensayo; una simple célula con la capacidad de crecer, multiplicarse sin límites y pensar por sí misma. Los científicos que la crearon, la habían desechado una noche pensando que no habían conseguido nada, pero descubrieron todo lo contrario al siguiente día cuando vieron su reacción con la materia orgánica de la bolsa de basura. Entonces la llamaron “Parásito”. Se dieron cuenta de que se reproducía con velocidad y que podía asimilar cualquier cosa que tuviera vida. Comenzaron a tenerle miedo; quisieron controlarlo pero no lo consiguieron, intentaron exterminarlo, pero no lo lograron. Después, el parásito se introdujo en la tierra. En pocos meses llegó a las aguas y así a los ríos y los mares. Varios años después emergió y devoró todo; tardó sólo unos cincuenta años en engullir toda la materia de este planeta.

―Destruiste todo.

―No, sólo lo transformé en algo mejor.

―¿Vas a matarme?

―Ya estarías muerto; tengo otros planes en este momento…

―Pero ¿de qué podría servirte?

―Podrías vivir en este lugar y hacer lo que te de la gana junto a mis pobladores.

―¿Quiénes son?

―Yo los hice, a cada uno de ellos y les di capacidades y labores.

―Pero no piensan por sí mismos, ¿verdad? ―todo el ruido de la ciudad frenó de repente, la criatura y los pobladores fijaron la mirada en mí― Ahora entiendo… estás sólo.

―¡Todo en este planeta me pertenece, todo vive gracias a mí y cumple mi voluntad! ¡No hace falta nada más que yo!

―Pero nadie lo puede ver, nadie te dará las gracias por las cosas que hagas, ni te temerá, ni reconocerá tu poder; por eso no vas a matarme.

Debajo mío se abrió el suelo y me hundí hasta la cintura.

―¡Basta, por favor! ―traté de zafarme pero era imposible; sentía una presión muy fuerte en las piernas.

Otra vez empecé a llorar, creí que me iba a cortar en dos, pero finalmente me soltó. Estaba totalmente atemorizado. Salí del pozo y me tiré al suelo, pero me paré enseguida temiendo que volviera a tragarme.

―¿Por qué? ―me quedé llorando de pie―, ¿por qué tenías que matar a todos?

―No lo sé ―su voz volvía a ser pacífica―; supongo que porque era muy fácil.

Después de estas palabras él desapareció y el terreno alrededor mío se fue allanando lentamente hasta quedar totalmente plano. Al caer la noche  me encontré caminando sin rumbo por un camino imaginario, no había nada en ninguna dirección. Tenía miedo de usar la máquina y que abriera un agujero que me mandara aún más lejos en el tiempo pero ya no habían más opciones.

―Puedo ayudarte ―otra vez la voz que no vino de ningún lugar específico.

―¿De qué forma? ―dije mirando al cielo.

Luego el estaba al lado mío.

―Dame ―me pidió el brazalete del tiempo y se puso a observarlo.

―¿Podrás mandarme a casa, a mi tiempo?

―Sí, pero voy a necesitar un favor.

―¿Cuál?

―Destrúyeme.

―Pero, tal vez haya otra solución.

―No, no la hay; yo ya pensé en todo.

―¿Cómo podría hacerlo?

―Voy a enviarte al laboratorio donde todo comenzó. Llegarás a la noche que me descartaron; busca en la bolsa; un poco de fuego bastará. El dispositivo quedará configurado para que el próximo viaje sea de regreso a tu tiempo.

No hubo más palabras. Abrió un agujero del tiempo y me dio el dispositivo. Cuando pasé al otro lado todavía podía ver su figura erguida mientras el túnel se cerraba lentamente.

Recuperé al “Parásito” sin mayores problemas tal como me había dicho, el próximo agujero me devolvió finalmente a mi tiempo, al llegar destruí el brazalete sin titubear. Ya han pasado muchos años desde mi regreso, pero nunca pude completar la misión encomendada; aún no sé qué hacer con él. Me asombra que aquella extraña forma de vida que controló todo en un posible futuro ahora esté en mis manos, encerrada en un pequeño tubo de ensayo.

 

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Fábula de un dios solitario, de Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Supuesta muerte de Superman (y una teoría alternativa sobre la lucha contra el mal)

CAPITULO I

Parece ser que Lex Luthor por fin pudo vencer a su eterno enemigo con un plan tan perfecto y sublime con el que había podido superar tanto la bondad como la inteligencia del propio Superman. A través de una pócima, Luthor logró cambiar su fuerza por la del Kriptoniano dejándolo con la fuerza de un simple ser humano y convirtiéndose él en el ser más poderoso del universo. Pero como era de esperar, de seguro nuestro héroe tendría un as guardado bajo la manga. Pronto Luthor se vio sentado en la cúspide del universo en el trono del poder, se había convertido en la personificación misma de la maldad pero ya no era lo mismo, sin nadie a quien superar, sin nadie que lo detenga, su vida carecía de sentido. Sin un Superman nunca más serían visibles ni su fuerza, ni su astucia, ni su maldad. La espina se le había clavado en la conciencia y jamás lo dejaría en paz: Tal vez Superman lo había engañado a él primero dejándose matar.

CAPITULO II

Ahí lo tenía a su merced y al verlo indefenso y sin poder alguno se preguntó:

¿Lo fulmino con un rayo? ¿Lo aplasto con un dedo? ¿Lo congelo con el aire de mis pulmones, con todo este poder? ¿Qué más da si ya está muerto, si ya es un cadáver viviente? Mejor lo humillo delante de todos los que confiaban en él ¿qué sentirán al ver a su héroe totalmente doblegado? ¿Qué sentirá él? Lo mismo que yo todos estos años tratando de cazarlo. Ahí está, mírenlo, no vale nada, no es nada.

Lo vilipendió en cada plaza de Metrópolis exhibiendo su cuerpo herido y su alma destrozada ya que antes de quitarle la vida se había propuesto matarlo moralmente, quitarle todo rasgo de humanidad hasta que no quedase nada de él. Cuando lo hubo acabado en su interior se dispuso a desmembrar lentamente su cuerpo ante la mirada atónita del mundo.

Luego llegó el momento de Luthor, el de ser un dios, el de convertirse en el dueño del tiempo y el espacio, pero casi no logró disfrutarlo. En muy poco tiempo descubrió que su lucha ya no tenía sentido, pues había abocado tanto su vida a destruir a Superman, sin esperanzas de lograrlo, que jamás había pensado qué hacer después.

Pensó en destruirlo todo, pero de qué le serviría si Superman nunca iba a enterarse. Luego pensó que lo mejor sería convertirse en el gobernante de todo el mundo, pero ¿con qué sentido, con qué motivo? Comprendió que su vida se había transformado en alcanzar lo que había logrado y en ser lo que ahora era y nada más. Entonces se alejó de todo a un planeta solitario y perdido en alguna galaxia lejana para meditar sobre lo sucedido.

Comenzó a idear un nuevo plan que lo haga a él el vencedor y no a Superman, pero esta vez era necesario crear un plan sin ningún tipo de errores, así que se tomó todo el tiempo necesario para pensar en absolutamente todas las posibilidades.

El día en que por fin obtendría la victoria había llegado, ya era hora de poner en marcha su plan perfecto. Para ello sólo tenía que regresar el tiempo atrás como en varias oportunidades lo había hecho Superman volando alrededor del globo terráqueo en sentido contrario al de su rotación normal. Se detuvo justo en el momento en que intercambió su fuerza humana por la del Superhombre y cuando lo vio indefenso le dijo:

Ves, ahora tengo tus poderes y tu eres un simple ser humano, quiero que te quede bien en claro que pude matarte si hubiese querido y que pude haber sido el amo del universo sin que pudieras hacer absolutamente nada, pero en lugar de eso, te demostraré mi grandeza, te perdonaré la vida y además te devolveré tus poderes.

Al instante de hacerle saber esto le devolvió sus poderes tal cual le había dicho y ante el rostro totalmente desconcertado del Superhéroe, Luthor vuelto a la normalidad humana gritó:

¡¿Quién es el mejor ahora maldito Superman?!

CAPITULO III (La versión de los hechos desde la perspectiva de de Clark Kent).

Hace unos días recibí una nota anónima con una pregunta que no me ha dejado dormir aún, la nota sólo contenía esta pregunta: “¿Qué sucederá cuando la fuerza imparable choque contra el objeto inamovible?”. No había entendido el motivo ni el sentido de estas palabras hasta el día hoy; por cierto, un día por demás extraño. Todo comenzó esta tarde Louis ha faltado a la redacción, eso nunca pasa, no sin previo aviso.

Me encontré escribiendo una de las noticias diarias sobre las hazañas de Superman para el periódico de mañana cuándo un cable de último momento llegó a la redacción. Era sobre Louis. Lex Luthor la tenía de rehén y prometía hacerla estallar si Superman no acudía. No lo pensé dos veces.

Al llegar, pude encontré a Louis encadenada a una bomba de megatones y a Lex que con una sonrisa me advirtió:

No te acerques demasiado, porque la bomba se activa sensorialmente y si acaso piensas actuar con tu súper velocidad, tal vez la salves a ella, pero la bomba hará estallar Metrópolis; no tendrás tiempo para hacer las dos cosas. Salva a la chica y deja que estalle Metrópolis o sálvalas a las dos ―Lex Luthor lanzó una risotada malvada, entonces comencé a sentirme acorralado―. ¿Qué vas a hacer pequeño alienígena?

―Vamos Lex, cuál es tu plan.

Tengo un suero que preparé para ti y creo que esta es la mejor oportunidad para probarlo.

―¿Que hace ese suero?

―Te quitará los poderes. Es todo lo que quiero. Después, te doy mi palabra, desactivaré la bomba y liberaré a Louis. Tienes una ventaja: no sabemos si el suero funcionará; es tu única oportunidad. Vamos ¿Qué piensas?

―¿Por qué tendría que confiar en ti?

―Viejo amigo, sabes que soy un hombre de honor. Piénsalo, ambos habremos cumplido nuestro cometido: te habrás librado de mí, salvarás Metrópolis y te casarás con la chica que amas y yo seré feliz pues habiéndote vencido sabré que jamás habrá alguien mejor que yo sobre la Tierra.

Por primera vez en mi vida no supe cómo reaccionar, Luthor me estaba ganando sin utilizar la fuerza. Logró quebrar mi voluntad. Finalmente bebí el suero y sentí lo frágil de ser humano, pero Lex no me dejó reflexionar mucho cuando me sacudió con su pregunta:

¿Sabes que es lo que sucede cuando la fuerza imparable choca contra el objeto inamovible, Clark?… Se rinden: la fuerza imparable frena y el objeto inamovible entra en movimiento tomando el lugar de la fuerza imparable.

Inmediatamente Luthor bebió el mismo suero que me había dado a beber a mí y me aseguró que en él actuaría de forma inversa, que le daría mis poderes. Rió a carcajadas, dio una vuelta al planeta en sólo segundos, congeló un lago de un soplo. Me vi totalmente desesperanzado e indefenso. Por primera vez tuve miedo, me invadió por completo un profundo terror.

Pero ninguna de estas cosas que sucedieron habían sido tan asombrosas como lo que venía a continuación, lo extraño y sin precedentes del evento estaba a punto de ocurrir. Luthor se me acercó lentamente y cuando me tuvo a su merced me dijo:

Ves, ahora tengo tus poderes y tu eres un simple ser humano, quiero que te quede bien en claro que pude matarte si hubiese querido y que pude haber sido el amo del universo sin que pudieras hacer absolutamente nada, pero en lugar de eso, te demostraré mi grandeza, te perdonaré la vida y además te devolveré tus poderes. Al instante de hacerme saber esto me devolvió mis poderes tal cual me había dicho y también él volvió a la normalidad.

Completamente perplejo me reincorporé y mientras intenté entender siquiera algo de lo que estaba sucediendo, mi gran enemigo (si es que así debo llamarlo) desactivó la bomba, liberó a Louis y se entregó.

Aún no puedo conciliar el sueño, no he dejado de pensar en la pregunta de Lex y de reflexionar que su respuesta al enigma tal vez no fue la indicada. No, no se “rinden”, creo que lo que sucede cuando “la fuerza imparable choca contra el objeto inamovible” es que surge un nuevo universo.

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HAY ALGUIEN QUE MIRA (Beer-lajai-roi)

Hay oídos sordos.
Hay palabras mudas.
Hay aguas profundas en el océano.
Hay seres vivientes en las oscuras profundidades marinas.

Hay cielos impetuosos que nadie mira.
Hay ojos que no salen a ver.
Hay palabras dichas que nadie oye.
Hay cosas que no se ven pero existen.

Hay algo que quiero decir esta noche:
Hay estrellas y una luna en el cielo, pero no se ven.
Hay nubes negras que no dejan ver.

Hay alguien que habla y que mira.

Y ahora mis palabras en el vació se disipan.
Son plegarias.
Son cientos de miles de oraciones.
Son canciones que vibran en mi garganta.
Son melodías que se despegan de mis entrañas.

Es un grito ahogado de silencio.

Hay miles de sufrimientos,
Multiplicados por miles de millones de personas que sufren.
Hay una esperanza por cada lágrima.
Hay retribución.
Hay justicia.
Hay, pero tarda,
La misericordia las retrasa.

Nunca estuve sólo bajo este cielo oscuro.
Hay alguien con experiencia en el sufrimiento.
Hay alguien que me entiende.
Sabe de dolor y de quebranto.
Alguien sufrió por amor.
Cerró su boca por amor,
Porque había quienes no querían oír.

En algún lugar, cerca,
Hay una voz que lo llena todo,
Hay una palabra que lo dice todo.
“El que tiene oídos para oír, oiga”.

Hay una oscura noche del alma.
Pero todo pasa.
Sombras asechan.
Pero la luz vence,
Resplandece “y las tinieblas no prevalecieron”.
El día viene pronto.
Amanece.

Todas las plegarias fueron escuchadas.
Cada una será respondida,
Ni tarde ni temprano.
Todo cae en su lugar.

Nunca estuve sólo,
Hay alguien que vive y que me ve.

 


“Hay alguien que mira (Beer-lajai-roi)”, por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Dos en un bar

Elena es una mujer delgada, que usa un vestido blanco floreado y el pelo recogido; está sentada a la mesa de un bar y hace tintinear suavemente la cucharita en el borde de su taza. Cruza las piernas y mira por la ventana como si mirase el infinito, hasta que aparece Ricardo que abre la puerta con el codo y entra algo atolondrado. Es alto y robusto, un hombre de unos cincuenta años con un ramo de flores en una mano y un portafolio gastado en la otra. Elena lo mira por encima de sus anteojos sin decir nada, él la busca sin moverse de la puerta hasta que logra verla y se acerca; se para frente a ella y se queda inmóvil. Elena se acomoda los lentes con el índice y rompe el silencio:

―Ricardo son las nueve y media, ¿dónde estuviste?… ¿No vas a decir nada?

―Te traje flores.

―Sí Ricardo, las estoy viendo ¿Se puede saber para qué me citaste?

―Elena…

―¿Qué, Ricardo? en quince minutos entro a la Biblioteca, creo que vos lo sabías bien.

―Sí, por supuesto; es que yo…

―Sentáte, por favor.

Ricardo deja caer el peso de su cuerpo sobre el asiento con un movimiento mecánico, al mismo tiempo que apoya las flores sobre la mesa y el portafolio en el piso. Por instinto toma el menú y se pone a ojearlo. Elena no le saca la vista de encima y busca su mirada.

―Ah sí, son para vos las flores.

Ricardo se toca la frente y se da cuenta que está empapado en sudor. Elena, toma el ramo de fresias y acomoda algunas que están machucadas.

―¿Pediste algo, Elena?

―Voy por el segundo café, porque no sé si te acordás que te dije a las nueve.

Ricardo por fin alza la mirada; tiene un tic nervioso que le hace parpadear el ojo izquierdo, pero lo oculta con el pañuelo mientras se seca la transpiración.

―No fue fácil venir, Elena, perdoname.

―¿Qué excusa vas a poner, Ricardo? ¿Cómo querés que funcione esto así? A ver, por favor, de una vez por todas, decime qué es eso tan urgente que tenés para decirme.

Los ojos de Ricardo se ponen brillantes, con mal pulso enciende un cigarrillo, otra vez trata de esquivar la mirada de Elena, da dos o tres pitadas en silencio y luego la mira fijo. Elena se intimida un poco, ahora es ella quien intenta mantener la mirada.

―¿Qué pasa Ricardo?

―Tengo una mala noticia.

―Por favor no me asustes, ¿qué pasó?

―Elena, los milicos se llevaron a Mario esta mañana. Ayer reventaron la casa de los Casco. No se sabe nada de los chicos…

―¿Mario? No puede ser, hablé con él ayer antes de irme.

―Me voy del pais, Negra; esto no da para más.


“Dos en un bar”, por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Coche fúnebre

Son las cinco de la mañana. Despierto y ella está en la puerta de mi cuarto. Me dice que hace rato tengo el desayuno listo y me pide que me apure porque se me va a hacer tarde. Después me siento a la mesa y muerdo con ímpetu una tostada que me raspa el paladar. Tomo media taza de café con leche de un sorbo.

―¿Se enfrió? Dame que te lo caliento.

―No, está bien.

―¿Tenés todo?

―Sí, mamá.

―¿El pasaje, los documentos, plata, el celular?

―Todo.

―¿Estás seguro?

Enciendo el televisor sin responder a la última pregunta; pronostican lluvia para todo el día. Me parece que mi mamá dice algo, pero mi atención está en la pantalla donde aparece el conductor con la camiseta de boca, que obviamente va a burlarse del descenso de River, pero no lo dejo; apago y dejo caer el control remoto sobre la mesa.

―¿Desde cuándo te interesa el fútbol?

―No me interesa, es que ahora no quiero nada que me haga pensar en papá.

―Qué bueno que no le tocó vivir esto.

―Algún día va a volver River, eso no es problema; en cambio hay otras cosas que son irrecuperables.

―Tenés que superarlo hijo, hace más de tres meses que pasó lo de tu padre.

Nos quedamos un rato en silencio, pero finalmente levanto la mirada y le sonrío.

―Bueno, me voy yendo.

―Si vas en taxi, llamá a la Nueva Agencia que es más barato.

―Bueno.

Cinco minutos después, estoy en el taxi rumbo a la terminal de micros. Afuera todavía es de noche y llueve. Voy tranquilo en cuanto a la hora de llegada, con un margen de tiempo suficiente por si tuviera que regresar a buscar algo a casa. Estoy en paz con el equipaje, con la seguridad de que tengo todo lo indispensable.

Cuando empiezo a relajarme me llega un mensaje de mamá:

―¿Tenés el pasaje a mano?

―Parece que a uno le toman el pelo ―susurro―, no le voy a contestar.

Por las dudas meto la mano en el bolso, aunque tengo la seguridad de que el pasaje está ahí. No quisiera darle la razón en algo tan obvio. Pero gracias al cielo, el pasaje está donde pensaba. Entonces aprovecho para corroborar los datos. Todo en orden.

En la radio del taxi empieza a sonar la canción “Sólo se trata de vivir” de Litto Nebbia; apoyo la cabeza en el respaldo sin soltar la manija del bolso y apretando con fuerza el celular. Me adormezco viendo cómo el vidrio se empaña lentamente.

Sueño que estoy en el taxi, el chofer es el mismo, pero al lado mío llevamos el cajón con el cuerpo de mi papá. Entonces le digo al taxista que me deje bajar pero después me arrepiento y empiezo a correr por la calle, aunque ya es tarde, porque no sé dónde queda el cementerio.

Una voz tosca me despierta:

―¡Llegamos!

Abro los ojos y toco el asiento a mi lado, pero reacciono enseguida porque afuera sigue lloviendo y hay un hombre con dos nenas en la puerta del taxi esperando para subir.

En la estación, mientras espero el micro en el andén, pienso si no estaré haciendo mal en no responder el mensaje.

―Qué le costaba escribirme simplemente deseándome un buen viaje, siempre me trata como a un chico.

De todas formas decido mandarle un mensaje aunque crea que no se lo merece. Pero me doy cuenta que ya no voy a poder hacerlo, porque descubro que el celular se me quedó en el taxi; que ha partido como un coche fúnebre, llevándoselo por algún rumbo desconocido.


Bonus track:


“Coche fúnebre”, por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Mariel y yo en un segmento de tiempo incierto (Yo y no-yo)


Esto está sucediendo ahora mismo:

Mariel está a la puerta de su refugio, una cueva escondida donde muchos como ella resisten a un grupo de tinieblas que dominan la Tierra. Las oscuras fuerzas se están inquietando, quieren hacerla desaparecer mediante el arte de la persuasión, ya que tienen el poder de convencer a las personas de que la existencia no es nada; que no existe ni algo ni nada. Quieren convertir a Mariel en una inexistencia. En esta era sólo sobreviven los que consiguen guardar la fe exiliados donde las tinieblas no pueden llegar, pero condenados a vivir ahí por siempre.

Mariel sale y un viento la envuelve, la llena de miedo, pero dice en su interior:

–¿Qué pueden hacerme si yo ya sé que existo?

Pero basta una palabra de la sombra para que desaparezca a la vista impotente de los demás, quienes resignados siguen con sus labores dentro de la cueva.

Mariel traspasa la sombra, resiste y sigue más allá, hacia el mundo donde los pensamientos humanos no suelen llegar. La veo avanzar ahora; se encuentra en la esencia de todas las cosas, en la existencia misma. Ahí estoy yo con ella mientras la veo, mientras estoy narrando este momento. Una lucha cósmica se desata en torno a Mariel: las sombras y la luz tironean de ella como si no fuera más que un trapo vacío de cuerpo.

Ella mira. Algo mira, o tal vez piensa que mira, no lo sé, nadie lo sabe porque nadie piensa lo que Mariel está pensando; si es que estuviera pensando. Ahora está en el fuego, en la luz viva del horizonte. ¡No! ¡Más acá, no digo el horizonte sino más acá! No sé dónde, no lo sé a ciencia cierta, de todas formas no hay tiempo de detenerse en cuestiones tan pequeñas mientras ella lucha y los demás están en sus quehaceres ya no pensando en ella ni en mí que estoy narrando esto ya no se para quién.

–¿Qué estoy narrando? –¡no lo sé, basta!

Mariel se siente sola un momento y le parece bueno ese momento para guardar silencio, aunque su cabeza nunca calló, o siempre nunca, no lo sé.

–¿Dónde está la luz?

Luego la luz se abalanza sobre ella. Contemplo su épica odisea, pero necesito acercarme más. Caigo. Entonces ya nada es igual, mejor dicho: todo es diferente. No hay luz ni colores, ni sentidos siquiera para percibir algo.

–¿Algo?

No hay palabras ni frases. No hay letra, ni muerte, no hay… todo no hay, nada sí.

–¿Qué escuchas Mariel, en este tumulto de silencio, en la sordidez del pensamiento cuando se apaga?

–Escucho que respiro –dice ella, o tal vez lo imagino, no lo sé, pero basta, eso no es relevante.

–Pero también escuchás mi voz, sino ¿por qué me respondiste Mariel?…

Ya no hay respuestas. Mis gritos se ahogan en mis fuerzas que se debilitan:

–¡Mariel, Mariel!…

Se aleja demasiado. Creo que ella está de pie, inmensa como una estatua de mármol que me mira desde lo alto llena de luz.

–¿Qué es esto? –pienso– ¿qué es esto, pienso?

Ya su rostro me resulta desconocido. No puedo recordar bien su nombre. Quiero nombrarla. Por más que luche no lo logro. Entonces Mabel, o no sé quién sigue alejándose, se mete en el mar, creo. Todo empieza a borronearse. Me mareo hasta el punto de quedar ciego y el silencio que percibía se me convierte en el simple zumbido del vacío.

–Que esto no me sea quitado, pues es este zumbido lo único que me queda para saber que yo existo.

No sé cuántas veces pasé a mis adentros, ni cuantos adentros pasé o me pasaron, lo que importa es que en mi viaje ahora estoy abriendo los ojos. Tengo en la boca el sabor amargo de estar fuera de la realidad. Maribel, o no sé qué, me pregunta en una voz indescifrable, en una lengua desconocida. No sé qué me está preguntando, pero más adentro escucho:

–Sí sabés lo que dije.

–Sí lo sé, ahora soy yo el que debe pelear por existir.

Estoy cansado. Pero me aferro a las cosas ciertas: el zumbido, ella, y no sé qué más… ah sí: yo, yo que existo.

Siento que todo me será arrebatado.

(…) [Segmento de tiempo incierto]

–Siento.

Un dedo siento; pero no es mío el dedo. Entonces ese dedo nos hizo a los dos, al quién le pertenezca el dedo que me tocó y a mí que soy lo que el dedo tocó. Pero el del dedo debe haber preexistido, sino cómo sabía que podía tocarme antes de que yo tuviera conciencia de mí; tuvo que haber tenido conciencia de sí antes de tocarme a mí que no tenía conciencia de mí sino hasta que me tocó. Ya sé que el del dedo que me tocó no soy yo, pero comprendo que me hizo tener conciencia de mí al tocarme. En un sólo instante tengo conciencia de los dos, sólo porque me tocó. Pero más allá de eso, me parece bien que pueda estar explicando esto, porque eso también quiere decir que existo. Sí, soy una existencia. No estoy sólo, parece que acá al menos somos dos, o mejor dicho: yo y no-yo. Creo que no-yo es todo menos yo. Porque todo no soy yo, menos yo. Quien me tocó sin duda debe ser parte de no-yo, o como yo, debe ser un yo independiente de no-yo.

Abro los ojos. Ya que yo soy alguien me parece bueno abrir los ojos, pero no recuerdo qué es lo que estaba buscando. De todos modos no importa tanto. Efectivamente no estoy sólo; veo su rostro, el más bello que jamás he visto.

–¿Quién sos?

–Mariel ¿Con quién estabas hablando?

–¿Yo estaba hablando? ¿Dónde estamos?

–A la entrada del refugio. Fuiste a buscarme cuando salí de la cueva y las sombras empezaron a acosarte ¡Sobreviviste!

–Sí, algo recuerdo; algo sé: estamos acá, a la entrada del refugio. Sí, es cierto, esto está sucediendo ahora mismo ¿Acaso no estoy narrando esta historia?


“Mariel y yo en un segmento de tiempo incierto (Yo y no-yo)”, por Sebastián Colotto se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Conversaciones III

Mientras esperamos

–Hola abuela… me abrió la tía Luci; me dijo que estabas acá en el patio… Al final vine, ¿viste? Tanto tiempo sin verte; pero acá estoy…

–Sí… ¿Vos sos el chico que estuvo cortando el pasto ayer, no? ¿Cómo estás, querido?

–No abuela, soy Matías, tu nieto… El hijo de Elvira.

–Ah, la Elvira ¿cómo está ella, nene?… ¿Por qué se deja de ver la gente?

–Está bien abue; ella me dijo que viniera a verte. Recién llego de España… te extrañé mucho.

–Mica, tu hermana, siempre pregunta por vos; es chiquita y sufre mucho.

–No pasa nada abuela, hablamos todos los días; además ella ya está casad… Te manda muchos saludos, me dijo que en estos días pasa por acá… ella también se preocupó mucho por tu salud. Pero te vas a poner bien; vas a ver.

–¿Qué decís, nene? Yo estoy bárbara; el que está un poco mal es tu abuelo; pero ahí lo tenés, se fue atrabajar como todos los días.

–Sí, el abuelo… Cómo se lo extraña.

–Es raro que no haya venido; ya deben ser las cinco.

–Pasan los años pero tu jardín está siempre igual: impecable.

–¿Qué hora es, nene?

–Las… las cuatro, abue.

–Ah, todavía falta.

–¿Qué linda tarde, no?

–La verdad que sí ¿Querés tomar unos mates mientras esperamos a tu abuelo?

–Sí abue, me encantaría… mientras esperamos.


Denuncia

―¡No lo puedo creer, prácticamente en la la puerta me roban!

―A ver a ver, un momentito ¿Qué le pasa, señor? ¿Por qué tanto grito?

―Un pendejo me robó el bolso acá en la esquina. Casi me saca el celular también.

―¿Pero te lo sacaron, o no?

―No, ¿no ve que lo tengo en la mano?

―¿Cómo dijo?… deje de escribir y respóndame ¿Esa es forma de hablarle a un oficial de la policía?

―¡Está armado el pibe! ¿No van a hacer nada?

―¿Quiere hacer la denuncia?

―¡No, quiero que lo vayan a buscar!

―Si, si, no te preocupes por eso pibe. Si querés hacer la denuncia, te sale cincuenta pesos… A ver deme un segundo… Si señor, como usted diga; no se preocupe.

―Yo sé que estos pendejos trabajan para ustedes… no tengo miedo.

―Que vivo que sos; ya sé que no tenés miedo.

―Me dan vergüenza.

―¡¿Sabés por qué no tenés miedo?! Porque sos el hijo, o el no sé qué del Comisario de la Séptima; sino, no durás ni un minuto acá. Pero andá a tu casa; andá tranquilo que ya lo vamos a buscar.


Confesión

―Vienen un poco más tarde los chicos; a las diez.

―Ah… en una hora.

―¿Pongo para unos mates?

―Dale, si querés…

―Bueno, pero… antes tengo que decirte algo, Silvi. No quería decírtelo acá. Tenía pensado citarte y hablar en un lugar más tranqui, pero no me puedo aguantar.

―Ay, Matías no me asustes ¿qué te pasó?

―Es complicado, pero bueno: lo que me pasa sos vos. Hace días que te estoy viendo de una forma especial y me di cuenta que me gustan muchas cosas de vos: tu carácter de mujer fuerte; tu simpatía… la verdad que te admiro.

―¿Qué es lo que querés, Matías? Hablá bien.

―Bueno negra, quiero saber si a vos te pasa lo mismo… ¿Es tu celu el que suena?

―Si, dame un segundo… Sí Mamá ¿qué pasó?

¡Ay! esta hornalla de porquería.

―¿Cómo? ¡no puede ser! Bueno, no te preocupes, ya mismo salgo para allá.

―¿Pasó algo?

―Es mamá, dice que internaron a mi viejo y que está grave.

―Te llevo, negra.

―No, dejá Matías, me tomo un taxi acá abajo; vos quedáte esperando a los chicos; pásenla bien. Nos vemos.

―Chau… ¿en serio no querés que te lleve?

―No Mati, no pasa nada.

―Esperá, ¿tenés mi celu, no?

―Cualquier cosa hablo con Carla, no te preocupes.


Sol de domingo

―Yo me muero si le llega a pasar algo a la nena.

―Quedáte tranquilo, Jorge, no tiene por qué pasarle nada.

―Cuando pare de llover hago todo el piso nuevo; me juego entero que es la humedad que hay en casa lo que le esta haciendo mal.

―Bueno, voy a entrar para ver que dice el parte médico ¿Querés venir, o me esperás acá?

―Andá, te espero.

―Ya vengo y te aviso cómo está.

―Yo me muero… Dios, ¿por qué?, es  tan chiquita la nena… Mirá, no sé bien cómo es esto; mi hermano dice que puedo hablar con vos en cualquier momento, que vos estás cerca. Él cree, yo no sé si creo. No sé, pero si la sacás a la nena de ésto te juro que voy a empezar a ir a la iglesia. Buena letra, vas a ver… Mandame una señal, o algo, así no pienso que estoy hablando sólo; es lo único que te pido… nunca te pido nada.

―¡Negro, vení, pasá!

―¿Cómo está la nena?

―Está respirando mucho mejor; vení.

―¡Qué bueno!

―Todavía falta, pero dice el médico que va por buen camino; si sigue así en unos días le pueden dar el alta. Vení a verla, está despierta.

―¡Gracias Dios!… Negra, vamos a tener que empezar a ir a la iglesia, eh.

―Sí, qué bueno, hace rato que quiero ir. Se los ve tan bien a la Bety y a tu hermano.

―¿Hoy es domingo, no?

―Sí… Está saliendo el sol; por fin. Dios quiera que cambie el tiempo…


 Visita al Zoo

―¡Señorita, señorita, el avestruz le robó la manzana a Marcelito!

―¡Será posible; no te podés mover un minuto! ¿Dónde está?

―Está sentadito en el banco; llora.

―¿No les pedí que lo vigilaran, nena?

―Sí, seño, pero el avestruz sacó la cabeza por la reja y le comió la manzana.

―Bueno, lo lamento mucho pero no hay más fruta.

―Ahí está, sigue llorando.

―¿Qué pasó Marcelito?

―Yo estaba con la manzana en la mano y me picó el pájaro.

―¡Mire señorita, se le quedó la manzana trabada en el cuello al avestruz!

―Bueno, no llores más, Marcelo yo te convido de la mía, pero tené un poco más de cuidado la próxima.

―Cuando me picó los chicos se reían y yo tenía miedo.

―A ver la mano; no pasó nada.

―Es muy grande el avestruz, es como un dinosaurio.

―No, Marcelito, no es como un dinosaurio ¿Querés tocarlo?

―¿Tiene dientes?

―No, no tiene dientes, tiene pico.

―No me gusta.

―Seño, dígale si quiere ir a ver otros animalitos; pobrecito.

―¿Qué decís nena?, si sabés que no puede ver.

―Bueno, quise decir: tocarlos.

―No, igual no quiero. No me gusta el zoológico. Quiero ir a casa.

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Ver: “Conversaciones I” y “Conversaciones II“.


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Conversaciones II

Taxista y un pasajero

―¿No acabamos de pasar por esta calle?

―No, es que tuve que retomar porque allá adelante está cortado.

―Qué raro.

―¿Hace frío afuera?

―¿Por qué? ¡Ah!, ¿por la bufanda? Es que soy cantante; hay que cuidar la voz.

―¿Y toda esa gente que estaba en la puerta del teatro fue a verte?

―No precisamente, somos un equipo bastante grande, aunque me convocaron para ser la voz principal.

―Yo escucho toda la música.

―Que bien, es muy linda la música… Soy tenor.

―¿Eso es música clásica, no?

―Podría decirse.

―No tengo mucho escuchado ¿Salió bien el show?

―Sí, quedó muy contenta la gente; aplaudían de pie. Pensar que hace menos de 15 minutos estaba parado en el medio del escenario con mis compañeros recibiendo la ovación.

―Esta radio te va a gustar entonces, pasan de todo. Ahora empiezan con folklore y le dan hasta las siete, después arranca un programa de música de antes: los Pasteles Verdes, Leo Dan, todo eso hasta las ocho y media; está bueno… y a la trasnoche hay un hombre que cuenta cuentos, tenés que escucharlo, muy inteligente el tipo.

―¿Qué radio es?

―AM 1470.

―¿Queda muy lejos el hotel?

―Veinte cuadritas, más o menos.

―Qué raro, me dijeron que estaba relativamente cerca del teatro.

―¿El hotel Alvear?

―Sí, si.

―Te vieron la cara. Veinte, veinticinco cuadritas.


Amabilidad

―¡Buenos días!

―¿Qué tal, cómo estás?

―¡Ah, por fin! Casi llego a pensar que mi nombre es “deme”.

―¿Por qué?

―Y, doña, la verdad que es raro que me devuelvan el saludo.

―La gente está muy irrespetuosa, nene, pero no hay que dejarse llevar, después andamos con las caras largas; no tiene sentido.

―La verdad que no ¿Qué iba a llevar señora?

―Me gustaría un agüita mineral, si sos tan amable.

―Por supuesto… ¿algo más?

―No, nada más. Lo que sí, te pido si me hacés cambio, por favor; tengo que pagarle al taxi que me está esperando.

―Sí, señora; descuide.

―Que chiquito es el local ¿Cómo estás ahí adentro con este calor tan sofocante?

―Más o menos; estas heladeras tiran un calor insoportable.

―¿Tenés aire al menos?

―Tengo el turbo, pero la verdad que es igual que la nada porque me da aire caliente.

―Bueno, paciencia querido.

―Es lo que más me falta, pero, bueno: sírvase. Que tenga un lindo día; muchas gracias.

―Chau, nene, gracias a vos.

―Adiós… ¡Ay doña, este billete!… ¡Señora, señora! ¿Ya se fue? No te la puedo creer, qué bien que me la hizo.


Así funcionan las cosas

―A ver, vamos, baje la ventanilla.

―No baja, ¿qué quiere?

―“¿Qué quiere?” ¿A usted le parece que puede andar con esto por la calle? Va a provocar un accidente.

―Treinta años manejando.

―¡Señor, esta camioneta no tiene ni patente! ¿Qué es esto?

―Mirá te la voy a hacer corta: es mi herramienta de trabajo, la uso acá en el barrio y nunca tuve un problema.

―No me levante el tonito, señor; soy funcionario público.

―Y yo soy “Juan Pelota”.

―¿Cómo dice? ¡Bájese, bájese inmediatamente!

―Tocame devuelta la camioneta…

―¿Que?; y ¿a esto le llama camioneta? ¡Bájese, bájese ahora mismo!

―Te lo dije…

―¿Qué hace? ¡Métase, métase!

―Te voy a enseñar como funcionan las cosas, enano de porquería.

―¡Métase!… Hola, soy Andrade de la patrulla municipal, mandame un móvil; estoy en…

―Dame eso.

―¡No el handie, no! ¿Por qué lo pisó? Eso es “delito contra la…” ¡Ay, suélteme!

―Oíme bien: quiero que te vayas por donde viniste sin decir ni mú.

―No me pegue, por favor.

―“¿No me pegue?” Te voy a enroscar la corbatita en el cuello hasta que te pongas morado.

―No hace falta; ya está, por favor.

―Funcionario… agradecé que todavía te funciona la cabeza; si no me dieras lástima, también te la hubiera aplastado.


Intendente y su asesor

―Disculpe Ingeniero, se lo voy a tener que decir sin vueltas: el bigote no garpa.

―¿Que tiene de malo?

―Mire, necesitamos un cambio de imagen, no se olvide que estamos abajo en las encuestas; lo haría verse más joven.

―La gente quiere experiencia, Licenciado.

―Piénselo bien Intendente; a la hora de levantar las encuestas, todo suma.

―Ya lo habíamos hablado, Licenciado; creo que es caso cerrado.

―Al menos probemos un tiempo; anímese.

―El bigote no se negocia; lo usó papá, mi abuelo, mi bisabuelo y paremos de contar, no se cuantas generaciones.

―Por supuesto; pero piense que la gente tiene siempre la misma imagen de usted ¿Que pasaría si un día aparece sin bigote?: todo el mundo estaría hablando del tema.

―No sé; ¿y si me tiño las canas de las patillas?

―No está muy bien visto, Intendente; es un poco superficial; a la gente le gusta mucho más lo natural. Por eso le digo del bigote.

―¡Ya se! ¡Tengo una idea genial!

―A ver.

―¿Qué le parece si me hago una anchoíta?

¡Ay no, no lo puedo creer! ¡Que pedazo de imbécil que es este tipo!

―¿Como dijo?

―No, perdón… Intendente… Estamos nerviosos… las encuestas… Permiso.

―Vaya, Licenciado; salga de mi vista, por favor.

―Disculpe Ingeniero; hasta luego.

¿Qué le ven de malo?…  Tal vez me lo recorte un poco. No… “no va a haber recorte”… ¡Licenciado, venga, ya tenemos eslogan!


Dr. Perry

―¡Doctor Madison!

―¡Perry, qué bueno encontrarlo! ¿Cómo le va, tanto tiempo?

―Acá estamos colega; en la rutina de los días. Hace dos años y medio que estoy acá. Siempre lo mismo, siempre el mismo recorrido. Trato de matar el tiempo caminando, ¿vio?

―Si, es lógico, a ésta altura de las circunstancias… Pero ¿usted cómo está, Perry? ¡Siempre lo tengo presente!

―¿La verdad?: me faltan dos materias para recibirme de loco; a diferencia de usted, que usted ya es Doctor.

―Que gracioso, mí amigo. Voy a estar acá algunos años, nos podremos encontrar en este pasillo o en cualquier lugar de este edificio; dónde y cuándo usted más lo desee ¿Qué le parece?

―Serán lindos momentos, Doctor Madison; ya lo estoy presintiendo…

―Lo dejo Doctor; ahí veo venir a su enfermera; cuídese, Perry.

―Señor González, ¿qué está haciendo acá encerrado? lo estaba buscando ¿No piensa tomar la medicación hoy?

―Sí, claro; vamos hermosa.

―Bueno, tampoco se pase de vivo…

―¡Adiós Madison!

―Adiós, Buen hombre… ¡Doctor Perry, disculpe, usted no me ha dicho por qué está en este hospital!

―¿Por que estoy acá?: ¡es que dicen que hablo sólo!

*Ver: “Conversaciones I” y “Conversaciones III“.


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Conversaciones I

Una pareja en un bar

–Ricardo son las nueve y media, ¿dónde estuviste?… ¿No vas decir nada?

–Te traje flores.

–Sí Ricardo, las estoy viendo ¿Se puede saber para qué me citaste?

–Elena…

–¿Qué, Ricardo? en quince minutos entro a la Biblioteca y vos lo sabés bien.

–Sí, por supuesto; es que yo…

–Sentáte, por favor.

–Sí, claro ¿Pediste algo?

–Voy por el segundo café, porque no sé si te acordás que te dije a las nueve.

–No fue fácil venir, Elena, perdoname.

–Decíme, por favor, de una vez por todas, ¿qué es eso tan urgente que tenés que decirme, Ricardo?

–Elena, los milicos se llevaron a Alberto esta mañana; ayer reventaron la casa de los Casco y no se sabe nada de los chicos…

–¿Alberto? No puede ser, hablé con él ayer antes de irme.

–Me voy del país Negra; esto no da para más.


Monte

―Bueno, pendejo: estamos al horno.

―¿Qué pasa?

―Tu papito se estuvo hablando con la cana.

―Tiene que haber una confusión.

―Lo esperaron en el campito para que lleve la guita y el muy imbécil fue con la policía.

―¿Cómo sabés?

―Marcos se escapó, es el único que salió vivo. Ahora la yuta viene para acá.

―Dejáme ir y escapáte loco; en la mesita que está abajo del ventanal están las llaves de la camioneta; llevátela.

―¿A dónde querés que me vaya? Mirá la tormenta que hay afuera; además acá estamos bien, calentitos, con la estufa hogar a pleno.

―Todavía te podés salvar.

―Todavía te puedo matar; es más: tengo que hacerlo. Pero te voy a dar una oportunidad.

―¿De qué hablás?

―Del Monte.

―¿Qué?

―El que saca la carta más alta mira cómo el otro se pega un tiro.

―Estás loco ¿no ves que todavía nos podemos salvar los dos?

―Vos ya estás muerto, nene… ¿Querés cortar?

―No voy a jugar.

―Corto yo… Nueve. Bueno, parece que la tenés bastante difícil.

―Es una locura.

―Da vuelta tu carta, o te pego un tiro ya mismo.

―…¡Es un doce!

―Saludos a tu papi…


Siempre paró…

–Ese té ya está bien revuelto, abuela.

–Cada vez llueve más fuerte, nena; ¿por qué no vas adelante y te fijás si está entrando agua?

–Cuando pare un poco, porque ahora está todo inundado.

–Esto no me gusta, querida; encerradas acá en el fondo; encima sin luz, sin agua… ¿llamaste a tus papás? ¿Cómo la estarán pasando?

–No anda el teléfono. Ya va a parar, abuela, no se preocupe.

–¿Por qué no probás de llamar otra vez? Decíles que cualquier cosa te quedás a dormir acá.

–Bueno, voy a probar, pero no me llore; no va a pasar nada.

–Parece de noche afuera, nena, nunca vi algo así.

–Ahí estoy llamando a mi hermano… ¡Hola Martín!

–Anita, no me podía comunicar con nadie; esto es un desastre.

–Qué ¿estás abajo de la lluvia?

–Sí, estaba yendo a casa. No lo puedo creer. Estoy agarrado de un árbol. Nunca vi una cosa así ¿Dónde estás vos?

–En la casa de Doña Julia, pero acá no es tanto. Está entrando un poco de agua, pero nada más.

–La calle es un río. Recién pasó una chica gritando arrastrada por la corriente.

–¿En serio? ¿En qué calle estás?

–…

–¡Martín! ¡Martín!


Comicidad

–Adelante, por favor ¿Su nombre?

–Héctor Juarez.

–Muy bien ¿Qué preparó?

–Estuve ensayando un poco el papel de Lorenzo, el amante de la Miss Charlotte.

–Cuando quiera, entonces.

–Bueno, le pido unos segunditos para entrar en personaje.

–Franco…

–Héctor.

–Héctor, empiece ahora, por favor; considere que hay muchos esperando y ya tendríamos que haber terminado la jornada.

–Sí, por supuesto… Mi corazón, Miss Charlotte, late por usted como los…

–¡Un minuto! ¿Lorenzo me dijo?

–Lorenzo, sí.

–¿No le parece mejor el papel del mayordomo?

–¿Cómo dice?… Yo… ensayé Lorenzo.

–Me parece que va más con su estética; piénselo bien. Sin ofender, pero mire esa nariz que tiene, a demás su altura y delgadez son ideales para el personaje.

–Disculpe, me gustaría probar primero con Lorenzo, si le parece.

–¡Olvídese de Lorenzo! ¿Puede contar un chiste?

–¿Cómo?

–Un chiste, el mayordomo es el personaje cómico de la tira.

–Pero…

–Rápido, hombre, hay mucha gente esperando y es tardísimo. Le estoy dando una oportunidad muy grande, no la desperdicie.

–Ehmm… Bueno: ¿Usted sabe cómo meter una Jirafa en un ascensor?

–¡Es buenísimo, por Dios, usted tiene el don! Gracias.

–Pero, todavía no terminó.

–No importa, ya conozco el remate. Vaya tranquilo que lo vamos a tener en cuenta; usted tiene muchas posibilidades de quedar.

–Bueno, pero ¿tienen mi teléfono, no?

–Sí, por supuesto. Adiós.

–Bueno, esperaré el llamado, entonces; adiós.

–¡Héctor!

–¡Sí!

–¿Podría cerrar bien la puerta al retirarse?; siempre me la dejan abierta. Ah, y hágame el favor, dígale al próximo que entre en diez minutos; me voy a tener que tomar un café.

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Ver: “Conversaciones II” y “Conversaciones III“.


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El atardecer es eterno

Estábamos en el Paraíso, perdidos ya en algún milenio. Hacía tiempo que me había llegado el comentario sobre un hombre especial, a quien se lo consideraba como uno de los seres más brillantes que había vivido en la Tierra. Se decía que aquél hombre se había sumido en un profundo meditar, casi sin precedentes en la eternidad. Cuando comencé a descubrir su historia, me propuse saber todo sobre él: resultaba que a este hombre, las autoridades del cielo le habían propuesto saciar su sed de pensar y entender todo, de la forma que él más quisiera. Él había sugerido que para comprender todas las cosas sólo iba a necesitar estar a la orilla del río mirando el atardecer, pero ese atardecer debía ser eterno. La historia me había seducido por completo. Comencé mi investigación siguiendo cada uno de sus pasos, preguntando a todo aquél que alguna vez lo hubiera visto, reuniendo indicio tras indicio, hasta que por fin pude dar con él.

El lugar era en verdad cautivante. El hombre estaba sentado a la orilla, mirando el horizonte en un ocaso eterno con nubes encendidas en asombrosos colores. Una leve brisa despeinaba su cabellera rizada y su barba blanca. Cuando me acerqué, me senté a su lado y vi que el hombre dejaba caer gruesas lágrimas sobre su rostro árido. Al instante rompió el silencio, aunque parecía hablar sólo, con los ojos puestos en la lejanía:

—Yo he pensado en todo, pero no he podido resolver este simple pensamiento.

—¿De qué habla?

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Dicen que varios milenios.

—Entiendo…

—¿Qué ha visto por aquí, señor?

—Sólo lo que uno puede ver en una playa al atardecer; aunque parezca simple, no hay mucho más que eso.

—¿Y descubrió algo especial en este tiempo?

—Comprobé que uno puede estudiar lo complejo reduciéndolo a algo muy simple, y viceversa; lo ínfimo puede hacerse infinito. Una vez que comprendí esto, quise quedarme para ver si había algo más detrás. Pensé en todo y cuando no hubo más nada para pensar me quedé viendo el vacío; ahora no puedo recuperar el atardecer.

—No se ponga mal buen hombre, ¿podré ayudarlo en algo?

—Sí, dime, ¿qué te parece el paisaje?

—Es lo más encantador que alguna vez haya visto; si no estuviera viéndolo con frialdad, con el fin de analizarlo, creo que lloraría de ver tanta hermosura.

Al instante el hombre me agradeció, y mientras se ponía de pie, reflexionó:

—Eso es un gran consuelo para mí; creí que el cielo había perdido por completo su belleza, pero entiendo que sólo era mi percepción. Quería entender la belleza y para eso necesitaba desarmar el concepto hasta convertirlo en una unidad indivisible. Cuando logré reducir todo a un sólo pensamiento, el atardecer perdió el sentido. Esto fue recién al principio, después me quedé todo este tiempo persistiendo en otro pensamiento, que todavía no pude resolver.

El hombre comenzó a alejarse, lo alcancé y me puse a caminar a la par suya; me intrigaba saber que más había descubierto:

—Dígame, señor, desde que lo vi no ha dejado de decirme que hay un pensamiento que no pudo resolver ¿A qué se refería?

—Cuando había logrado reducir todo a un sólo pensamiento, me quedé tratando de ver si había algo más. Pasó mucho tiempo, hasta que quedé convencido que ese pensamiento era todo y que no había más que eso. Entonces me quedé debatiendo si había estado bien o mal  persistir en querer ver algo más, pero no puedo resolverlo.

—Por favor, dígame ¿Qué reflexión le ha dejado todo esto?

—Cada vez que veas el atardecer, o cualquier cosa que ames, hazlo como si fuera la primera vez que lo miras.

Dejé que el hombre se marchara, había dado por terminada la entrevista, ya estaba satisfecho. Entonces, mientras pensaba qué iba a hacer con la información, miré el atardecer por última vez; ya no era lo mismo.


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El León y el Venado

Una vez se cruzaron un león y un venado, entonces el León, con voz amenazante dijo: “si yo fuera venado ya estaría corriendo”. En cambio, el venado, con cierta tranquilidad respondió: “si yo fuera León comería pasto”.

 

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El trámite más difícil

Hoy salí en la bicicleta al banco para cobrar. Cuando llegué saqué un número, me había tocado el 181 y recién iban por el 18. En una de esas metí la mano en la campera y me di cuenta que me había olvidado los documentos. “Bueno, no hay problema, recién van por el 18” pensé. Así que volví a mi casa y tomé los documentos. Al salir me saqué la campera, porque pensé que ya no me iba a hacer falta. Cuando llegué al banco me di cuenta que me había olvidado los documentos dentro de la campera. Iban por el 44, así que volví. Llegué a casa y me saqué la ropa para cambiarme, porque estaba todo transpirado. Entonces tomé los documentos y salí otra vez, pero cuando llegué me di cuenta que estaba desnudo. Iban por el 88, todavía tenía tiempo así que volví a casa. Cuando llegué, lo primero que hice fue poner los documentos en el bolsillo del pantalón. Nuevamente en el banco, me di cuenta que me había olvidado el cuerpo. Iban por el 131. Volví a casa y me fijé cuidadosamente cada paso: tomé los documentos, los puse dentro de la campera, la campera dentro del cuerpo, no, el cuerpo dentro de la campera. Subí a la bicicleta, y cuando me convencí que todo estaba en orden salí. Iban por el 178. Esperé mi turno y cuando me tocó, el cajero me dijo “señor, hoy cobran los terminados en dos y tres, el suyo termina en cuatro; vuelva mañana”.


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Tercera opción

          –¡Señor, señor!
          Un hombre que caminaba solitario por la calle oyó la voz y no pudo evitar sentirse aludido.
          –¿A mí?
          –¡Si, a usted, por favor venga!
          El Hombre-Solitario buscó con su mirada si había alguien más, pero él era el único que se encontraba en aquella inmensa llanura, dividida por un camino extenso y angosto. El otro lo llamaba desde una especie de caseta, parecida a una cabina telefónica a un lado de la calle, tenía aspecto de vagabundo y el tono de su voz demostraba algún tipo de problema que requería ayuda urgente. Entonces el Hombre-Solitario, que no perdía oportunidad de ser amable, cruzó apurando el paso para asistir al Vagabundo.
          El Solitario notó que el Vagabundo estaba sosteniendo una palanca, como si fuera una especie de switch, adherida a la pared de la cabina. El Vagabundo apoyó su brazo libre en el hombro de su interlocutor, y al instante tomó su mano y la llevó hacia el switch diciéndole que lo sostuviera un momento y no la dejara caer por nada. El Solitario accedió por instinto, pensó que a lo mejor aquél hombre estaría haciendo un trabajo y necesitaba descansar un poco el brazo.
          El Vagabundo, después de descansar un momento, sin levantar la mirada, habló como para sí:
          –Señor, discúlpeme no era mi intención, pero no me quedaba otra alternativa, es que por este camino nunca pasa nadie. –hizo una pausa, miró alrededor y, mientras la cara del Solitario comenzaba a demostrar desconcierto, levantó la mirada y habló con firmeza– No sabe el tiempo que hace que estoy sosteniendo esa palanca. Perdí la cuenta de los meses que han pasado. De verdad lo siento mucho.
          –Pero señor, ¿de qué se trata esto? Por favor explíqueme qué le pasó ¿por qué no podía soltar ésta palanca?
          –En verdad lo siento por usted, no quise engañarlo.
          –No entiendo.
          –Déjeme decirle algo: gracias por acudir, pero tengo que hacerle una recomendación antes de irme: no suelte la palanca por nada del mundo, no deje que se baje, porque de ser así usted morirá. 
          El Hombre-Solitario comprobó que si soltaba la palanca caería por su propio peso, y mientras gritaba pidiendo una explicación, el Vagabundo se alejaba sin mirar atrás, cabizbajo y con cierta tristeza. El Solitario trató de no perder la calma y buscar una solución racional, pero al paso del tiempo casi no podía evitar desesperarse.
          Al día siguiente, entre lágrimas de angustia y desconsuelo, distinguió que un hombre se aproximaba. Lo llamó intensamente rogándole que lo ayudara, le explicó su situación a los gritos diciéndole cómo lo habían engañado. Pero el Hombre-que-Pasaba simplemente frenó para mirar de qué se trataba y siguió su marcha como si nada.
          El Solitario planeó que la próxima vez que pasara alguien iba a tratar de hablar con calma para conseguir ayuda. Uno de esos días, por fin alguien más apareció por aquel camino. Se trataba, ni más ni menos que de su madre:
          –¡Mami, mamita! –estalló en llantos– Ayudame, mamita, mirá lo que me pasó.
           La madre lo miró con ternura, le limpió las lágrimas acariciándole el rostro buscando consolar su alma:
          –¿Qué, pasa hijito?
          –Mami, mamita… Cómo te quiero… Ayudame… Cómo te quiero mamita.
          –¿Cómo te ayudo hijito?
          –No se mamita –se serenó un poco y sonrió a su madre–, no importa, yo me voy a arreglar, no te preocupes.
          –Pero quiero ayudarte hijo ¿qué estás haciendo? dejame que sostenga esa palanca por vos.
          –No mami, no puedo hacerte esto, andá, seguí tu camino…
          Al poco tiempo, el Hombre-Solitario, indignado llegó a una conclusión: le daría la palanca al primero que pasara, pues estaba seguro que cualquier persona merecería estar ahí en lugar de él. No fue fácil tomar esa decisión ya que tenía un alto concepto de la moral, pero sintió que no le quedaba otra alternativa. Se prometió una y otra vez que sea quien fuera el próximo en pasar lo engañaría del mismo modo que lo habían engañado a él.
          Esperó con paciencia hasta que al fin alguien pasó. Era una mujer, que se le acercó sin prejuicios, y le preguntó cómo estaba tanto tiempo y qué le había pasado. El Hombre-Solitario se dio cuenta que se trataba de su primera novia.
          –Sigue siendo tan bonita –pensó–; y pensar que cuando me abandonó nunca la pude olvidar ¡Qué desalmada fue!
          Se quedó mirándola, contemplando su rostro, mientras reflexionaba que ni siquiera ella se lo merecía. No le contó acerca de su problema, sólo le dijo que se encontraba bien, le deseó suerte y la despidió.
          De ese mismo modo fueron pasando sus amigos, familiares y personas que por alguna circunstancia de la vida se había cruzado alguna vez. Al cabo de unos cuantos meses, su única esperanza se había convertido en engañar a alguien con quien no tuviese ningún tipo de vínculo. Cuando ya no esperaba nada, y su aspecto era similar al del Vagabundo que lo había engañado aquella vez, por fin había pasado un hombre totalmente desconocido. Lo llamó rogando ayuda y el Hombre-Desconocido accedió, cruzó la calle y le preguntó en qué podría ayudarlo. El Hombre-Solitario trataba de no mirarle el rostro por miedo de encontrarle algún rasgo familiar.
          –Por favor sosténgame un poco esta palanca para que pueda descansar el brazo.
          –Señor disculpe, estoy algo apurado –sugirió el Hombre-Desconocido antes de tomar la palanca– es que tengo tres hijos hermosos y una mujer que esperan que les lleve algo de comida para esta noche; sin embargo me gustaría poder ayudarlo de todos modos. Dígame ¿cuánto tiempo va a tardar?
          El Hombre-Solitario alzó la vista sin decir nada, estuvo en silencio unos cuantos segundos. Entonces cuando el Desconocido le reiteró su predisposición para ayudarlo, comenzó a gritarle:
          –¡Váyase, váyase de una vez, es la única forma que tiene de ayudarme, váyase de acá inmediatamente! –El Hombre-Desconocido finalmente se marchó confundido.
Después de su encuentro con el Desconocido, el Hombre-Solitario se dijo al fin:
          –Vivir así, no tiene sentido. Nunca voy a poder engañar a nadie. Es hora de bajar esta palanca y terminar con todo de una vez para siempre.
          –¡No lo haga! –El grito de un joven que se aproximaba al trote lo sorprendió– ¡No lo haga, vine a liberarlo!
          –¿Cómo va a hacerlo? Nadie puede ayudarme.
          –Voy a tomar su lugar.
          –¿Cómo dice? Olvídese, si toma mi lugar va a tener que permanecer acá hasta que muera, a no ser que engañe a alguien, y eso no voy a permitirlo. Acá se termina todo cuando accione la palanca.
          –Déjeme, yo la voy a accionar por usted.
          –¿Usted se entregaría voluntariamente?
          –Si.
          –¡No! Yo ya perdí mi vida acá, usted es joven. Déjeme, voy a accionar la palanca.
          Entonces, cuando el Joven vio que el Hombre-Solitario estaba decidido, lo obligó a soltar la palanca de un empujón y tomó su lugar. Luego el Solitario preguntó entre lágrimas:
          –¿Por qué lo hizo?
          –Para terminar de una vez por todas con este engaño. Usted ya es libre.
          El Joven finalmente bajó la palanca, y pese a la expresión de horror del Hombre-Solitario, nada pasó.

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Viaje de Imprevisto

Una vez sucedió que un colectivero se había salido de su ruta normal, y recorrió las calles de un barrio. Buscaba una casa en particular, así que fue de una calle a otra hasta que pudo encontrarla. Bajó y tocó el timbre. Un hombre desorientado atendió y le preguntó:

-¿Usted quién es?

El chofer se secó el sudor de la frente, luego miró una nota que tenía en su mano y le preguntó al dueño de casa:

-¿Usted es Arturo Reyes?

El hombre miró extrañado y respondió:

-Si, soy yo ¿usted quién es?

-Yo soy su sueño, Arturo ¿A usted le parece que tenga que venir a buscarlo a su casa?

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Recursión

Una vez leí un cuento escrito por mí que narraba una historia acerca de mí, de una vez que me encontré leyendo un cuento que yo había escrito en el cual contaba cómo en una ocasión me había puesto a leer un cuento que tenía la particularidad de haber sido escrito por mí y que a demás contaba una historia referida a mí de cuando en cierto momento me encontraba leyendo un cuento que yo mismo había escrito…

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Fuera de escena

Ahora empiezo a ser nadie otra vez, o en realidad: yo. No oigo más aplausos. El telón está del todo cerrado; las luces, todas encendidas y la gente comienza a desconcentrarse. En sólo cinco minutos me convierto en una persona normal. Diez minutos más, después de saludar a los más cercanos, me encuentro frenando un taxi. La gente todavía está saliendo del teatro. Hace quince minutos yo era la estrella principal, ahora soy yo. El taxista no sabe quién soy ni quién era hace un rato. Me gustaría decirle “Oiga, ¿usted sabe quién soy?” pero no me sale ser así. La gloria es la gloria y como dicen dura un momento.

–¿Hace frío afuera, no? –El chofer toca mi punto débil y yo no puedo conmigo; mientras me acomodo la bufanda le digo:

–No, lo que pasa es que soy cantante.

–¿Cantante?

–Acabo de actuar en el teatro.

El chofer no me responde, ni me mira, como si le hubiese dicho que “vengo de abrir zanjas”. Pasamos cinco minutos sin hablarnos, él tararea y golpetea el volante del auto al son de la radio. Trato de distraerme pero la voz del chofer me trae a la realidad:

–Esto ya es lluvia, eh.

Miro por la ventana empañada, las gotas resbalan lentamente por el vidrio, eso me da frío y me vuelvo a acomodar la bufanda. No le respondo al taxista, que sube el volumen y acompaña con la mano el bombo de una canción de Soda Stereo. Le miro la cabeza reflejada en el espejo retrovisor, me gustaría que me vea y se de cuenta que lo estoy mirando con desprecio. Me molesta su actitud.

Me molesta no estar en el escenario. La función salió perfecta, pero me encuentro insatisfecho; como siempre. Diez minutos más y estaría en el hotel. Me saco la bufanda y me la vuelvo a ajustar como para salir.

–¿Salió bien la obra?

–Si, si; salió excelente… Soy tenor.

Me arrepiento de la acotación, me da vergüenza.

–A mí me encanta la música, escucho todo.

Instintivamente los dos miramos el autoestéreo, porque suena un tema de los Back Street Boys. El chofer defiende su postura:

–Me gusta esta radio, porque pasan de todo –Mientras lo dice, baja un poco el volumen.

Escondo la nariz en la bufanda. Con una mano en el bolsillo sujeto con fuerza la plata para pagar, con la otra cuido que no me entre aire al cuello. Por suerte ya no llueve. Le pago al taxista en la puerta del hotel. Me quedo observándolo hasta que dobla en la esquina. En cinco minutos seguro tendrá un nuevo viaje, un nuevo pasajero con otra historia y así toda la noche. No puedo imaginarme a ese hombre en otra situación que no sea de taxista, debe ser así todo el día. En cambio, yo ya soy yo del todo; no el que me gustaría ser, sino el que soy en realidad. Abro la puerta con una sola mano sin dejar de presionar la bufanda contra el pecho; cuido mi voz, lo único que me permite ser quien yo quiero.

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Tótem

(Isaías 2:18 “Y los ídolos desaparecerán por completo”).

Viajaba sin apuros sobre una ruta angosta y solitaria emplazada en un hermoso paisaje compuesto de cerros que serpenteaban a los lados del camino. La luz del mediodía doraba las puntas de las empinadas lomas y hacía mi viaje mucho más confortable de lo que podría esperar. En unas dos horas estaría en casa según lo que calculaba. El viaje no tenía nada de particular y en realidad no esperaba nada fuera de lo normal mientras avanzaba. Es que algunas cosas son inesperadas, simplemente te sorprenden.

Lo vi por primera vez cuando tomé suavemente una curva pronunciada. No lo distinguía del todo, de hecho mi primera impresión fue que se trataba de una mancha borrosa en mí vista producto de las horas de viaje y el calor. Froté varias veces mis ojos pero la mancha en lugar de irse iba cobrando forma. Se veía como un objeto bastante grande, tal vez una construcción. Pero eso no me pareció fuera de lo normal, pensé que tal vez me detendría para ver de qué se trataba.

Llegué a unos 500 metros de distancia y la situación empezó a preocuparme. La construcción no tenía forma de edificio ni nada que hubiera visto antes en persona. Pensé que podría tratarse de una roca que se habría caído pero no me cerraba del todo, si bien los cerros eran un poco altos ésa roca tenía otra contextura. En realidad lo que me preocupaba más no era el objeto en sí, sino que a medida que me acercaba parecía estar en medio del camino.

Frené totalmente asombrado. No podía creer lo que veía. Me quedé unos minutos en el auto tratando de reflexionar y de encontrar algo de cordura en lo que estaba ocurriendo. Salí del auto y me acerqué con cierto temor a la efigie que tal como lo había sospechado estaba obstruyendo el único camino que tenía para llegar a mi casa.

Me paré a unos veinte metros observando detenidamente los detalles de aquél extraño pedazo de roca labrada. Tenía una altura que se aproximaba a los diez metros y podría definirlo como una especie de tótem o a lo mejor como una de esas estatuas de la Isla de Pascua. Era una figura cuadrada que parecía representar la imagen de un ser humano.

Mientras las preguntas se chocaban en mi cabeza, por momentos me parecía como si el tótem tuviese vida propia tal vez por la impresión que me causaba la calidad de sus detalles. Las proporciones de sus miembros estaban muy mal repartidas: un brazo más grande que el otro, una pierna más larga que la otra y una cabeza enorme, horrible y también desproporcionada.

Tuve que acercarme, con cierto temor, y palpar la efigie para asegurarme que efectivamente era una roca sin vida. Al instante recordé que tenía que llegar a casa y que ese era el único camino entonces dejé al tótem y volví al auto. En realidad no sabía qué hacer pero di la vuelta y comencé a marchar por la ruta en sentido contrario al que traía, buscando con detenimiento si por casualidad habría un camino secundario. Pero no encontraba ningún camino y sabía que no existía aunque tal vez alguien ya se las había ingeniado antes que yo.

Traté de encontrar esa ruta adyacente por casi dos horas, pero no existía, hasta que logré convencerme y bajé la velocidad, no podía seguir regresando. A cada instante peleaba con el pensamiento de que tal vez todo aquello era sólo producto de mi imaginación. Frené el auto por completo, ya que seguir era en vano y otra vez di la vuelta. Tenía la esperanza de que ya no estuviese más la extraña figura, de que efectivamente hubiera producto del cansancio.

Lamentablemente para mí, el tótem seguía en el mismo lugar. Luego de analizar unos minutos la situación dejé el auto y me acerqué a la inmóvil figura. Trataba de no mirarla demasiado ya que su imagen lograba impresionarme lo suficiente como para hacerme ver a otro lado. Casi por inercia intenté empujarla sólo por hacer la prueba pero era inamovible. Luego la pateé, le pegué con un palo, seguí empujando pero ni siquiera se tambaleaba.

Me senté por unos minutos algo aturdido hasta que entré en razón y pensé que tal vez el auto podría servir de ayuda así que me abalancé sobre él. Apoyé suavemente la trompa del vehículo y comencé a acelerar. Era imposible. Las ruedas del automóvil giraban sobre su mismo eje y la gran figura parecía no enterarse siquiera.

Bajé otra vez del auto y me subí a un monte para tener otro panorama. Pude observar que el terreno a los lados del camino había ganado la ruta y que eso estaba trabando al tótem, lo que me hizo pensar que ese era el motivo por el cual no había podido moverlo. Bajé corriendo con una nueva idea. Recordé que en el baúl del auto tenía una soga lo suficientemente fuerte y larga como para atar al tótem y arrastrarlo o aunque sea para hacerlo girar un poco y poder pasar.

Traté de hacerlo lo más rápido posible porque comenzaba a nublarse y el cielo amenazaba una gran tormenta. No fue nada fácil pero al fin conseguí atar la estatua de un modo que quedara bien asegurada. Pensé que después de esa prueba ya no habría más nada que hacer. Puse el auto a andar hasta que la cuerda se tensó y aceleré suavemente. El tótem seguía inmóvil por lo que me vi obligado a ir acelerando cada vez más hasta que la cuerda cedió y se cortó. Pensé en reparar la soga pero era imposible.

Con las primeras gotas de la tormenta, entre los relámpagos de un cielo que parecía haberse cerrado por completo me puse a llorar desesperanzado, quería despertar de aquél extraño sueño, ya no sabía qué más podía hacer. Me refugié en el auto y con una mezcla de impotencia y desconcierto me quedé dormido.

Cuando abrí los ojos otra vez aún era de día, la tormenta había desaparecido por completo sólo quedaban algunas nubes al oriente encendidas por el crepúsculo y cuando enderecé la vista el sabor amargo volvió a mi boca al encontrar al tótem inmóvil en medio de la ruta. Tomé el volante del auto y antes de rendirme por completo y volverme por mi camino, casi sin pensarlo una queja de impotencia me salió de lo profundo del alma, grité: “¡dejame avanzar!”. Luego bajé la vista y mientras ponía en marcha el vehículo para retirarme del lugar escuché un crujido monstruoso. Entonces quedé totalmente paralizado al ver que el tótem se movía, estiró uno de sus brazos, giró sobre sí mismo y comenzó a treparse a un monte. Me invadió un profundo terror. Mientras gritaba descontrolado por lo que veía, el inmenso monstruo de piedra se sentó en la cima del monte tomando la misma postura que tenía abajo y otra vez quedó inmóvil.

Retrocedí unos cincuenta metros y me quedé en esa posición por unas largas horas, esperando algún movimiento de la efigie. Al tiempo tomé coraje y decidí avanzar. Primero me acerqué lentamente, la idea era no llamar mucho la atención y luego pasar a toda velocidad. El miedo era que la bestia se lanzara sobre mí mientras pasaba. No quise analizar mucho las variantes esta vez. Pasé a toda velocidad y recién volví a respirar cuando perdí de vista al tótem en la cima del monte.

La noche ya estaba avanzada y mientras pensaba que pronto estaría en mi casa, miré por última vez hacia atrás para asegurarme que el tótem no me estaba siguiendo. No se veía nada, pero mientras suspiraba de alivio y alzaba la vista al frente de la ruta clavé los frenos nuevamente. Quedé pasmado con lo que veía, no podía creerlo. El tótem estaba otra vez en el medio del camino. Al principio pensé que se trataba de otro pero no, era el mismo aunque su aspecto era más aterrador. Tenía la boca abierta enseñando unos grandes y filosos dientes que imaginé podrían destruir el auto con facilidad. Sus ojos y cejas demostraban una ira diabólica. La imagen de sus manos parecía que me desafiaba a pasar. Noté que a pesar de esta nueva forma, el tótem estaba quieto como en la primera vez.

Le toqué bocina varias veces y le apunté intermitentemente con las luces altas mientras me acercaba muy lento devolviéndole el desafío. El tótem se mantenía inmóvil. Me quedé en el auto pensando qué hacer. El dilema de volver o de seguir me estaba volviendo loco, tenía que tomar una decisión. Bajé del auto y me mostré. Agité mis brazos con fuerza mientras gritaba tratando de llamar su atención. Le arrojé varias piedras esperando alguna reacción pero seguía sin mostrar ninguna señal de vida. Pensé que ya me había vuelto loco. Caí de rodillas desconcertado sin fuerzas ni para llorar. Esta vez sólo levanté la mirada y le dije “dejame pasar”, al instante el tótem cerró la boca y se subió a un monte igual que la última vez.

Volví al auto y seguí mi camino. No encontraba respuestas, aunque en realidad ya no las buscaba, sólo quería llegar a casa de una vez por todas.

Dos horas después de mí encuentro con el tótem, casi llegando al final del camino, ahí estaba otra vez pero su aspecto era mucho más aterrador, de hecho parecía el doble de grande. Pero esta vez ni me bajé del auto y aunque aún me infundía algo de miedo solamente le dije que se haga a un lado de la ruta. Otra vez se subió a un monte y simplemente seguí mi marcha. Entonces por fin supe de qué se trataba. Desde ese día, que entendí que el tótem no tenía ninguna autoridad sobre mi vida, aparece en casi todos los viajes que emprendo, en casi todas las rutas, sólo que cada vez con menos frecuencia.
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Dibujo: Leandro Berguesi

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Paciencia

Estaba en casa. Llovía muy fuerte pero igual para mí era necesario ir al lugar de la luz, para recibir el consejo y la estrategia porque debía enfrentar estos nuevos sucesos que me acontecían.

Entonces le hablé a Dios en oración, pidiéndole que me permita ir a la casa de la luz a pesar de la lluvia.

Al término de mi breve oración, recibí palabra que decía: -Yo te permito. Deberás tener paciencia-.

Luego, esperé que se haga la hora de partida, y cuando llegó, aunque aún llovía muy fuerte, comencé a caminar porque quería llegar a tiempo; si Dios me dijo que debía ir, era obvio que la lluvia cesaría pensé.

Pero cuando estuve a la mitad del camino, se desató una gran tormenta. Corrí unos metros hasta un techo. Mojado, triste y confundido le pedí a Dios que por favor haga cesar la lluvia. Entonces al instante se calmó un poco y comencé a caminar hasta que la lluvia se detuvo por completo.

Mientras yo me gloriaba de mi fe, nuevamente recibí palabra que decía: -¿Crees que fue tu oración?- Yo contesté humildemente: -Te lo pedí y vos lo hiciste-.

Y otra vez me habló: -pero estás mojado-, -Sí- contesté y me dijo: -Si hubieras tenido paciencia, ahora estarías seco-.

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Detrás de todas las cosas

Cuando era chico pregunté una vez -¿qué hay detrás de ése paisaje, detrás de ésas montañas qué hay?- pero los hombres sabios me contestaron que era mejor no preguntarse qué había más allá. Sin embargo pude mantener la intriga en el tiempo mientras buscaba también mis propias conclusiones.

Un día, pasados algunos años, decidí averiguar por mis propios medios qué había detrás de todo, más allá. Emprendí la andanza con cautela pero con intrepidez a pesar de todos los consejos y los pronósticos, a pesar de las risas y las burlas. Tomé lo que me pareció necesario para realizar la travesía, me despedí de todos y me lancé a andar.

Había un sólo camino por el cual cruzar y llegar al otro lado. No había más. Pregunté a un viejo sabio dónde se encontraba ese camino que me llevaría al otro lado. Él me contestó profundamente –Se dónde es. No vallas. Porque aquél camino no tiene final y los que quisieron cruzarlo no pudieron regresar jamás. Todos quedaron en el camino sin saber si estuvieron lejos o cerca de llegar al otro lado-

A pesar de todo aún tenía esperanzas de llegar, de descubrir qué había detrás de todas las cosas. Entonces le pregunté indignado al viejo -¿cómo es posible que el camino no tenga final pero que sí exista el otro lado?- Él me respondió como si me dijera algo muy simple de entender -más allá, detrás de todo existe un lugar que es inalcanzable para nosotros. Hay un camino por el cual llegar a ese otro lado pero no es para que alcancemos lo que está detrás de todas las cosas sino solamente para que sepamos que aquél lugar existe-

Entonces no pude soportarlo –¡No puede ser, me resisto a creerlo!- le dije, y el viejo comprendió el fuego que había en mis ojos y me enseñó el camino diciéndome –Ahí está, nadie va a detenerte-

Desesperado corrí los primeros metros y anduve sin cesar por el camino con la vista fija en el otro lado puesta detrás de todas las cosas. Las horas pasaban y llegaron los días, y tuve sed y hambre pero no iba a rendirme por nada, no iba a detenerme. Más adelante en el tiempo y en el espacio, cuando el cansancio ya era insoportable comenzaron a aparecer los primeros cadáveres de los caídos que intentaron llegar al otro lado, pronto todo era sólo huesos y polvo.

 

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Frith-Thieves (Los anti-ladrones)

Al oeste de Irlanda del Norte, en el condado de Fermanagh, existe un pueblito perdido llamado Cathar na Thieves con unos 10 mil habitantes. Un pueblo pacífico y antiguo, de fuertes tradiciones, en el que no solían suceder cosas fuera de lo normal. Sin embargo desde hace algunos años un fenómeno sin antecedentes rompió para siempre con la rutina de aquél lugar.

Como en toda ciudad irlandesa, Cathar na Thieves tiene una cultura muy rica, y un amor particular por sus costumbres. Una de las atracciones más destacadas de esta ciudad es, sin duda, la de haber sido sede del campeonato mundial de Waterpolo 1958 y la de Wakeboard en 2007; campeonato del cual Irlanda obtuvo un cómodo segundo puesto. Pero no es ninguna de estas cosas las que nos trae a este lugar (que, aunque pequeño, cabe destacar que goza de un buen status económico, bajo el imperante modelo consumista del primer mundo) sino una extraña práctica. Se trata de los Anti-ladrones o bien “Frith-Thieves” como comúnmente se los llama allí.

Para hablar de los Anti-Ladrones sólo debemos remontarnos unos años atrás, 2006 según registra el periódico nor-irlandés Belfast Telegraph; más precisamente el 2 de enero de aquel año. El titular al pie de la primera plana rezaba: “Cé hiad na Frith-Thieves?”, algo así como “¿Quiénes son los Anti-Ladrones?” De esa forma se dio a conocer a un grupo de personas que en menos de cinco días habían violado la seguridad de al menos 10 casas. Pero lo extraño de todo aquello, era que no entraban con la intención de robar sino la de regalar.

A modo de banda de Papás Noeles, este grupo, en el que se calcula participan actualmente unas 100 personas, y que según el matutino nor-irlandés (1*), es un número que va aumentando año a año, se dedican a dejar obsequios para nada sencillos en los hogares de Cathar na Thieves.

Es poco lo que se sabe de los anti-Ladrones, por qué lo hacen, qué los impulsa, cuántos son en realidad. Una de las hipótesis más fuertes asegura que los anti-robos surgieron como una alternativa para contrarrestar la ola delictiva que azota a Cathar na Thieves desde hace muchos años. La policía intentó develar el enigma, pero a los pocos días de registrarse los primeros casos la gente simplemente dejó de hacer denuncias. Así mismo las fuerzas de seguridad al notar las “nobles intenciones” de la banda simplemente abandonaron la investigación.

Los “anti-robos” pasaron a ser un atractivo más, formando parte de la cotidianeidad de aquél pueblo. En la actualidad son perdidas las veces que los periódicos se hacen eco de los anti-ladrones. Indudablemente la nota ha pasado de moda y ha perdido color en los informativos de la región.

Los diarios ya no hablan de, por ejemplo, los “muebles de cedro que ha recibido la familia Brooke a manos de los Anti-Ladrones”, o de casos más extraños como cuando la familia Bekett declaraba que “Los Anti-Ladrones visitaron nuestra casa y nos dejaron el último CD de U2 autografiado por Bono” (2*). Esta noticia fue desmentida por el propio cantante de la banda irlandesa quien afirmó que ni siquiera sabía de la existencia de tal pueblo (3*); aunque habría que destacar que Paul David Hewson, más conocido como Bono es oriundo de la ciudad de Dublín a sólo 160 Km de Cathar na Thieves.

Esta práctica, aparentemente inofensiva, ha comenzado a registrar algunos daños colaterales. Según datos estadísticos proporcionados a los medios por la Policía, entre los años 2010 y 2012 la tasa de robos ha crecido un 40 % con relación al período 2008-2010, y que esta cifra crecería hasta un 20 % más si se tienen en cuenta los años anteriores a 2006. Esto se debe, sin duda, a que los pueblerinos, deseosos de recibir lujosos regalos, han quitado de sus casas todo tipo de defensa que dificulte la entrada a los “Frith-Thieves”, como alarmas, perros y en algunos casos hasta cerraduras.

El problema surgió cuando los verdaderos delincuentes no perdieron el tiempo, y se aprovecharon de la situación. Muchas familias que en los últimos años han esperado la visita de los Anti-Ladrones se han llevado la amarga sorpresa de perder sus bienes más preciados.

Paradójicamente, esta paranoica forma de vivir entre ladrones y anti-ladrones ha impulsado fuertemente el consumo interno alcanzando niveles record, lo que está demostrando ser una de las formas más efectivas de enfrentar la profunda crisis económica que afecta a Irlanda. Mientras tanto, gracias a los ostentosos presente y a la inercia de la cultura, la gente de Cathar na Thieves continúa desactivando las alarmas de sus casas, pese a los últimos acontecimientos.

El verdadero origen de los Anti-Ladrones

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Un grupo de jóvenes Irlandeses de la región de Cathar na Thieves, quienes se autodenominaron como miembros de la banda de los Anti-Ladrones, aseguraron que en realidad el movimiento tuvo su origen en el año 2004, y no en 2006 como se creía.

Según lo declarado por los jóvenes “el hecho fue perpetuado por un grupo de personas provenientes del Ejército Republicano Irlandés Provisional, en una especie de ritual simbólico, al cumplirse 10 años del asesinato del famoso ladrón Martin Cahill” conocido comúnmente como El General.

Luego los anti-robos habrían tomado la forma que tienen hoy, sólo que la motivación principal sería la de “hacer frente a la ola de robos que sufre la ciudad”.

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(1*) The Belfast Telegraph, 2 de Marzo de 2010

(2*) The Belfast Telegraph, 2 de febrero de 2006

(3*) Revista Rolling Stones nº 95 febrero 2006

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Pensamiento colectivo

Al parecer no muchos logran ver la sensibilidad de los colectivos, mucha gente sin duda los ve como aparatos fríos y sin sentido que andan por ahí recogiendo gente y expulsándolas como si nada. Pero poniéndome en su lugar yo creo que no debe ser nada sencillo para un colectivo llevar en su vientre a sus pasajeros e ir dejándolos a cada uno librados a sus destinos sin que nada pueda hacer. Cómo es posible que no tengamos en cuenta el desarraigo diario que debe sufrir y su esfuerzo por no encariñarse con el pasaje. Tal vez los años y la experiencia los han llevado a armarse ese caparazón metálico y frío…

Se han dado cuenta que la gente que sube a un micro trata de observar todos los rostros inconscientemente para ver si reconocen a alguien, eso pasa porque hay muchas personas que creen en las casualidades y muchas otras en el destino.

Una vez resultó ser que Juan se quedó dormido y perdió el primer colectivo de la mañana por lo que tuvo que tomar el siguiente. Minutos más tarde Natalia que recién salía del supermercado decidió dejar la zapatería para otro día porque vio venir el micro donde estaba Juan y lo tomó, es decir tomó “ese” micro y no otro. Al instante Pedro salía de su casa y se subió al mismo micro aunque este lo dejaba un poco más alejado de su trabajo lo tomaba porque le quedaba en la puerta de su casa. Milagros, Raúl, Ernesto y Salomé son hermanos, todos de blanco también se sumaron a la travesía de Juan, Natalia y Pedro.

De esa forma el micro comenzó a llenarse de gente y de situaciones, era uno de esos momentos en que el micro eyecta personas tanto por delante como por detrás. Durante unos minutos el chofer no admite más gente, es entonces cuando el pasaje se vuelve estático, ya no se ven los rostros como si nunca se hubieran visto y no les interesase conocerse.

El micro que en apariencia no los reconoce, pero es sabido que él lleva un claro registro de cada uno de sus pasajeros, se comporta con cierta indiferencia para no apegarse a ellos y dejarlos ir de a poco.

Muchos años después sucedió algo, que aunque extraordinario ocurre no pocas veces, el colectivo se da cuenta que se repite el mismo pasaje de aquella vez, las mismas personas aunque con las situaciones un poco cambiadas. Entonces para festejar el acontecimiento, el vehículo expendió un boleto capicúa (una extraña forma en que los micros demuestran alegría). En cambio los pasajeros permanecieron observándose las caras entre sí sin reconocerse, como si nunca se hubieran visto en la vida.

Pero ¿Por qué es que el pasaje suele repetirse? Hay una respuesta que tal vez puede resultar válida y es porque detrás de esa fría apariencia hay un micro que sufre y extraña al pasaje que ha llevado dentro; Es porque una vez cada tanto le gusta volverlos a tener.

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Pez y Estatero

En el lago de la ciudad de Capernaúm al norte del mar de Galilea en los tiempos de Jesús, un pescador esperaba una dracma que equivalía al pago por un día de trabajo. En eso llegó su jefe quien a demás de la dracma le ofreció uno de los peces que recién habían sacado del lago. El pescador aceptó agradecido. Entonces su jefe equivocadamente en lugar de darle una dracma le dio un estatero que equivalía a un poco más del doble de la suma estipulada. El obrero al percatarse se hizo el disimulado y lo recibió junto al pez que estaba en una canasta cerca del lago. Pero para que su jefe no le reclamase nada escondió el estatero dentro de la boca del pez sin darse cuenta que éste aun estaba vivo por lo que, al sacudirse, cayó al lago llevándose la moneda.

Más tarde un pescador llamado Simón, poblador de aquella ciudad había arrojado su anzuelo al lago, era el mes de Adar cuando los judíos pagaban el impuesto para el mantenimiento del Templo.

(Basado en Mateo 17: 24-27 NTV).

*Este cuento está incluido en el libro “En la orilla (cuentos cortos)” de Sebastián Colotto.

 


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Procesando…
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Argumento de uno que no tenía ropa

De repente se encontró en la noche sin ropa, en el medio de la ruta y no sabía cómo había llegado a aquél lugar en esas circunstancias. Se arrojó a un lado del camino y se escondió entre la maleza mientras pensaba en el asunto. Se esforzaba por entender pero no recordaba nada y se adentraba en la llanura con la idea de que la oscuridad tapara su desnudez. Tal vez lo habrían asaltado pero al parecer no tenía ningún golpe.

Al tiempo cuando el sol comenzaba a apuntar recordó el camino. Ya había dejado las hipótesis para pasar a los argumentos. Qué le diría a su mujer para que no piense que anduvo de juerga, cómo le explicaría su ausencia por tanto tiempo aunque en realidad ni siquiera sabía cuánto. Lo de los ladrones no encajaba tanto porque tendría que

explicar cómo es que llegó a la ruta y no tenía tal respuesta. No recordaba nada. Tal vez podría decir que los ladrones lo raptaron y lo abandonaron en la ruta pero no sabía desde cuándo faltaba de su casa, cuándo habría sido raptado. Al final pensó que la mejor opción sería decir la verdad. Mucho no se podía pensar sin ropa, ya era de día.

Ocultándose como pudo llegó a la puerta de su casa y con toda la vergüenza del mundo tocó el timbre. Abrió su mujer que al parecer empieza a gritarle enfurecida entonces él entra en la casa lentamente y se queda observando extrañado, algo no encuadraba del todo. Por qué estaba su maestra de 5º grado en la casa, la observa menear la cabeza en un signo de desaprobación como en aquellos años. Su mujer le dice: -¿Qué van a decir tus abuelos Luis, están en la cocina?- él le responde sorprendido: -¡Susana, mis abuelos murieron hace años!- Ella hace silencio y hace una mueca como diciendo “ya se dio cuenta”.

Entonces Luis pega un salto en la cama.  y al lado su mujer le pregunta: -¿Qué te pasa querido?- entonces él se reincorpora y contesta: -Nada, nada, es que creí que estaba despierto-.

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Dr. Perry

El doctor Perry pasea por los pasillos del hospital cuando aparece un viejo amigo y colega el doctor Madison: -¿¡Doctor Madison, cómo le va a usted tanto tiempo!?- Perry saluda a su colega. -Bien ¿y usted?- contesta Madison. Perry hace un ademán de cansancio con la mano en la cintura, y comenta: – Yo ando bien, en la rutina de los días. Hace dos años y medio que estoy acá. Siempre lo mismo, siempre el mismo recorrido. Trato de matar el tiempo caminando-. Madison parece no hablar por un momento mientras Perry vuelve a decir entre dientes lo mismo que recién había dicho, luego Madison responde: Si, es lógico, a ésta altura de las circunstancias… ¿pero usted como está? Vine a verlo-. Perry se apoya sobre la pared, parece estar angustiado y responde: -Me faltan dos materias para recibirme de loco, a diferencia de usted, que usted ya es Doctor- Madison deja ver su larga sonrisa e inclina su enorme y luminoso cuerpo haciendo una reverencia, y después dice: -Voy a estar acá dos años, nos podremos encontrar en este pasillo o en cualquier lugar de este edificio-. -Cómo no- responde Perry que continúa diciendo -Ahí viene mi enfermera con las pastillitas-. Una robusta señora viene a buscarlo, y con voz alta pero suave le dice: -Señor González, lo estaba buscando-. Los dos amigos se despiden, y mientras se alejan uno del otro, Perry escucha la voz de Madison desde el fondo: – ¡Dr. Perry… Usted no me ha dicho por qué está en este hospital!-. Perry se suelta del brazo de la enfermera, gira y grita fuertemente haciendo que su voz resuene y se pierda por todo el edificio: -¡Estoy acá porque dicen que hablo solo!-.

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El Hombre-que-sonríe

Una vez resultó que un extraño ser salió a la vida, o tal vez entró en ella. El tema es que este ser se encontró en el camino, y al ver la llanura lejana se aventuró hacia ella. Pero antes de largarse a andar tuvo una recomendación de quién con una sonrisa le explicó:

–Si lo que quiere es la vida, la vida se encuentra atravesando la llanura. Que tenga suerte en su andar.

Entonces si la vida se encontraba en aquél lugar no quedaba más que avanzar. Esa inmensa felicidad del que sabe lo que quiere lo invadió se sintió en ese momento el dueño del mundo de la vida y del camino.

–Ah! ¡Que hermoso será vivir!

Pero al avanzar sobre la llanura no veía más que llanura. Comenzaba a lastimarle el camino, comenzaba a dudar. Entonces, cuando aún sus esperanzas estaban intactas, distinguió en la lejanía, lo que sería tal vez un muro. Y cuando más cerca, también divisó un portal. Fue cuando recuperó las fuerzas y se dirigió hacia la puerta para conocer, al fin, la vida.

Se acercó al trote inundado su corazón de alegría y aquél hombre que lo había despedido aquella vez lo estaba esperando en la puerta, y con la misma sonrisa en el rostro le dio la bienvenida:

–¡Lo felicito señor! Lo estábamos esperando ¿cómo le ha ido en su viaje?

–No muy bien, pero aquí estoy. Todo esfuerzo tiene su fruto ¿Puedo pasar?

El hombre sonriente dejó de sonreír lo miró extrañado al extraño ser a quien se le congeló el alma con tal mirada.

–¿Pasar a dónde?

–Pasar a la vida, ¿dónde más?

El hombre sonriente, sonrió, pero esta vez sarcásticamente:

–Y… ¿usted piensa que va a entrar a la vida atravesando una puerta? Venga, mire –la puerta se abrió y detrás había un paisaje aterrador– ¿No le pareció un poco fácil llegar hasta acá? Todavía le queda mucho camino por recorrer.

El ser perdió el control; Gritó, lloró, se quejó, pero la sonrisa del Hombre-que-sonríe parecía inquebrantable. Su mueca se le coló hasta las entrañas. Ante tal indignación sólo encontró como respuestas la amable y sarcástica boca torcida del Hombre-que-sonríe sumado a sus dos manos que lo invitaban al ser a seguir el camino. El ser miró atrás, y luego miró hacia delante pasando por alto con su mirada al Hombre-que-sonríe. Miró hacia el suelo, pensó aturdidamente y finalmente siguió su camino.

El ser sintió que no le quedaba más, sólo un camino y lo único que se podía hacer sobre él: caminar. Se sintió desdichado, sumamente defraudado. El peso de su gran ilusión se le había venido encima, y adelante el paisaje no le pareció para nada favorable. Realmente se sintió mal.

A pesar de todo tenía una convicción que lo sostenía y le permitía y atravesar etapas, puertas y paisajes era la cuestión de la vida; para algo estaba vivo, para algo había salido a la vida. Tal vez no la encontraría nunca o seguiría abriendo puertas, pensando que la próxima, tal vez fuera la última, aunque siempre detrás de cada una había otra; tal vez no encontrara jamás la vida, pero había llegado a la conclusión que era mejor arriesgarse. Si la muerte lo sorprendía era preferible que lo halle buscando la vida.

Sin embargo esto sólo no explica el por qué de su persistencia en el camino, había algo más y era lo que sucedía en el camino. De hecho si el camino no hubiera sido entretenido a lo mejor nunca se hubiera aventurado. Llegó a sentirse un especialista del camino en atravesar valles y montes, selvas y desiertos. Y sentía que era bueno en superar etapas y desafíos, realmente lo disfrutaba.

Pero resultó que un día el extraño ser cuando ya no esperaba nada, al llegar a una nueva puerta el Hombre-que-sonríe le volvió a sonreír (él le devolvió la sonrisa como ya acostumbraba cada vez que lo veía) y le dijo, para sorpresa del ser:

–Bienvenido al final del camino, señor. Lo felicito por haber llegado hasta este lugar.

El extraño ser, viejo y cansado, no entendía totalmente lo que le decía. Abrió grande sus ojos, y extrañado preguntó:

–¿Entonces ya no hay más camino?

–No para usted ¡Lo felicito!

El ser lloró, se alegró tanto como en aquellos días en que apenas salía a buscar la vida. Se sintió libre de aquella pesada carga que llevaba, y sonriente le preguntó al que sonríe:

–¿Entonces esta es la última puerta? ¿Detrás de esa puerta se encuentra la vida?

El Hombre-que-sonríe dejó de sonreír, e inevitablemente al ser se le volvió a congelar el alma, pensó que se burlaban de él, que todo el tiempo se la habían pasado tomándole el pelo. Todo el peso se le había vuelto sólo por ver la expresión del rostro sin sonrisa del Hombre-que-sonríe, pero multiplicado cien veces.

–Señor, no entiendo su comportamiento ¿Usted piensa que detrás de esta puerta se encuentra la vida? No es así. Como acabo de decirle este es el final del camino ¿Cómo es que usted está buscando la vida, no la ha hallado aun? –Volvió a sonreír, pero no era la sonrisa amable que el extraño ser esperaba.

Acostumbrado a estar desahuciado, resignado, el extraño ser le preguntó, como quien acepta la derrota:

–Dígame la verdad ¿dónde estaba la vida?

El Hombre-que-sonríe torció la boca, lo miró desde arriba y le dijo:

–Señor, usted acaba de vivir su vida; espero que realmente la haya disfrutado-.

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El meticuloso Sr. Durand (y la lucha contra el tiempo)

Las seis en punto de la mañana. Sonó el despertador, pero el meticuloso Sr. Durand ya estaba despierto esperando que se haga la hora de partir. A las siete lo esperaba un tren. Era un simple viaje, pero no había cosas simples para él.

Aún no salía el sol pero la hora de partida estaba en su viejo reloj. Tomó sus cosas y esperó en la puerta unos segundos hasta que las agujas marcaron el momento oportuno para salir de su casa. Sabía a qué hora saldría el tren, a qué hora llegaría a su destino y a qué hora tal vez lo reciban si es que todo salía como lo había planeado hacía ya varios días, si es que no surgía ningún problema. Pero ahora sólo debía transcurrir el tiempo.

Mientras caminaba a cierto compás, no dejaba de controlar la hora calculando su marcha, ya que para él tampoco era bueno llegar muy temprano. En unas pocas cuadras observó varias veces su reloj, necesitaba saber con qué velocidad estaba pasando el tiempo ese día.

Tal vez media hora más de viaje y llegaría justo para el tren de las siete. Nunca se olvidaba de nada, pero en ese momento sintió que le faltaba algo. Entonces, cuando la duda no le permitió seguir, frenó y revisó su maletín. Todo estaba en orden. Pensó un tiempo más y al no encontrar respuesta alguna simplemente continuó caminando, pero con esa amarga sensación cargada.

Trató de distraerse de alguna manera contando las cuadras que le faltaban. Otras veces hasta había logrado calcular cuantos pasos le faltaban contando los pasos que le tomaba terminar una cuadra, pero esta vez no podía. Realmente estaba intranquilo. Entonces miró su reloj por última vez y para su sorpresa lo encontró detenido a las seis y cuarto. Lo sacudió para hacerlo funcionar otra vez pero al instante le pareció inútil porque ya no daría la hora real. La angustia aligeró su corazón. No se trataba de perder un reloj si no de perder la noción del tiempo que era aún peor.

Comenzó a preguntarse si sería tarde. El sol lentamente asomaba sus primeros rayos, pero no había nadie en la calle como para preguntar la hora, sólo Durand caminando velozmente, prácticamente corriendo.

De pronto a lo lejos le pareció ver la figura de un hombre, aunque tenía que desviarse unos 50 metros de su camino prefirió arriesgarse. Se acercó cautelosamente, no sea cosa que se asuste o que aquel hombre pensara que él estaba asustado. Se trataba de un canillita y cuando estuvo relativamente cerca le pidió la hora pero éste muy amablemente le contestó que no tenía. Casi sin querer al Sr. Durand se le escapó una queja – ¡¿Alguien sin reloj, qué está pasando?!-. El diariero se quedó extrañado observándolo cómo se alejaba vociferando mientras retomaba su camino.

Durand pensó que definitivamente era tarde entonces no le quedó otra alternativa que tomar un atajo para llegar a tiempo a la estación. Un camino estrecho y oscuro, una calle de tierra tapada por árboles. Aún no era de día por completo y aunque él conocía ese atajo nunca se había animado a transitarlo a esas horas. Pero eso no le preocupaba tanto como llegar tarde. Cuando vio la estación comenzó a correr, no iba a permitir a ninguna costa que sus planes se cayeran.

Antes de entrar miró el reloj de la estación pero no lo tuvo en cuenta ya que la moyoría de las veces estaba atrazado. Formó la fila impaciente para sacar el boleto. Por suerte eran pocos, y cuando llegó su turno antes de pedir cualquier cosa le preguntó al empleado si el tren ya había salido. La respuesta fue como un baldazo de agua fría, el tren nunca había llegado.

Para Durand eso significaba una falla enorme. Trató de convencerse que él no tuvo la culpa pero no pudo porque aunque el tren no había venido él había llegado tarde a la estación. No podía quedarse ahí lamentándose, atrás había gente esperando, gente que sí llegaría temprano. Sacó el boleto y resignado abandonó la boletería con sus planes hechos trizas, sin tren, sin reloj, sin noción del tiempo.

Subió sin ningún apuro al primer vagón, tenía tiempo de sobra. Casi todos los asientos aún estaban libres. Se sentó en frente de un hombre que leía el diario, y Durand se maravilló de ver en su muñeca un reloj, tanto que no vaciló en preguntar:

-Por fin alguien con reloj, pensé que todos estábamos locos. ¿Podría decirme la hora, caballero?

-Si ¿cómo no? Son las siete menos veinte.

-¡¿Las siete!?!

-Si ¿a usted le parece? El tren de las seis y media tuvo una demora, y tuve que tomar el de las siete. Cómo se nota que a ellos no les importa si uno llega tarde.

-Sí, sí, seguro… debe ser muy feo perder el tren.

 

 

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Ciudadanos de una mente

La mente es como una ciudad: un día te cruzás con alguien a quien no esperabas; otro día podés planear una cita. Es una gran ciudad tan conocida como llena de sorpresas. También podés encontrar barrios periféricos que antes no conocías, o que no querías conocer. Y como siempre la plaza central bien ordenada y limpia… en apariencia.

Un día vas caminando por el centro y te encontrás con un viejo amigo: Análisis, y como sabés que tenés unos minutos libres, pensás que no estaría nada mal pasarlos con ese amigo. Caminan por la calle de la memoria y sin querer entran al barrio de los malos recuerdos. Entonces, mientras miran las casas y la gente Análisis comienza a llenarte de preguntas:

-¿Por qué tu familia es así? ¿Por qué siempre fueron de ese modo? ¿Cuándo comenzó a desmoronarse todo? ¿Cómo hubiera sido todo si en lugar de aquello hubiera pasado otra cosa?…

Entonces te frenás. Y antes de continuar decidís dejar a tu amigo donde está:

-No sé, no tengo todas las respuestas. Tampoco es mi obligación tenerlas. Me tengo que ir a estudiar. Cualquier cosa te llamo…

Después te das cuenta que te alejaste mucho, y que va a costarte llegar hasta la Universidad, entonces podés tomarte un coche…

-¡Taxi!… A la Universidad.

El taxista te mira abordo desde el retrovisor mientras conduce, y te sugiere:

-Feo barrio éste ¿no?

-Si, deja mucho que desear. Hay algunas casas nuevas, siempre está creciendo, pero me parece que nunca va a cambiar.

-No creas, hay que saber esperar. Te lo digo yo que soy el Optimismo.

-¡¿Cómo es posible que un hombre profesional como usted esté manejando un taxi?!

-Yo se que no siempre voy a estar acá. De otra forma me llamaría Pesimismo ¿no?

-Si, debe ser… me bajo acá.

Entonces ahí están tus compañeros de estudio: Razonamiento, Intelecto, Ciencia y los otros. Pero antes: El celular. Un mensaje. Es de Análisis que dice:

-¡Tengo una conclusión!…

-¿Cual es?

-La vida fue así, ahora hay que mirar para delante… en un rato cuando estés leyendo voy para allá.

-OK.

 

 

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